Una de las paradojas del somocismo fue reele-girse cuatro veces seguidas respetando la letra de la Carta Magna, aunque desnaturalizando su espíritu. El procedimiento usado fue convocar constituyentes poderosas: 1939, 1948, 1950, 1971, contando con un partido opositor colaboracionista.
La innovación de Somoza consistió en negociar con una oposición desmedrada, pero vinculada al gran capital. Les negó elecciones libres pero les concedió cuotas de poder. Neutralizaba así al sector que financiaba periódicamente complots para deponerlo. Cuando Emiliano Chamorro, líder del grupo, entendió que el apoyo norteamericano a Somoza imposibilitaba su derrocamiento, pactó con el dictador en 1950. Seguía así la “política civilista” del doctor Cuadra Pasos, de arreglarse con una “dictadura de baja intensidad” que permitiese al menos la organización del partido conservador y libertad de comercio. Por otra parte, el objetivo de Chamorro era infiltrarse en el Gobierno para inspirar confianza y conspirar con menos riesgo. A su vez Somoza conseguía doblegar al último caudillo con arraigo, opuesto al continuismo. Cuando Somoza traicionó el arreglo proclamándose candidato una vez más, Chamorro organizó la asonada del 54 que indirectamente terminó con el dictador.
En realidad, ninguno de los dos pactantes pudo conseguir un arreglo patriótico como el de 1858, para refundar las maltrechas instituciones de la República. Al final, el Pacto Chamorro Somoza como los siguientes terminaron distribuyendo puestos a sus clientelas. El efecto real fue postergar la revolución que se acercaba.
Fueron convenios que proporcionaron paz, aumento de inversión y empleo, pero produjeron engaño, desatendiendo la gran demanda social, aumentando la corrupción y daño a los derechos humanos. El principal daño fue desanimar a la ciudadanía a meterse en política, porque todo estaba arreglado por élites. Lo cierto es que al llegar al poder el sandinisno repitió el truco de una Constituyente, con los consabidos zancudos, y por desgracia una economía dirigista e ineficaz.
En Latinoamérica Chávez, Correa y Morales repiten la estrategia somocista de reelegirse basándose en constituyentes; mientras Ortega planea y Lugo la piensa. O sea, se extiende en Suramérica la perversión de una democracia usada mañosamente para ser destruida, desde adentro, sin cuartelazos. No obstante, todos ellos tropiezan con problemas. Ortega carece de la popularidad de sus colegas suramericanos, que empezaron solos la danza constituyentista. Además, no tiene compañero de baile, pues un líder opositor está sentenciado y el otro está amenazado. Podría proponer simples reformas constitucionales alegando un parlamentarismo, que disfrace su reelección. O bien plantear un Referendo sobre las reformas, con riesgo de una derrota, al unir a toda la oposición.
Todas esas alternativas son peligrosas y confunden a ingenuos y entusiasma a enredadores. La mejor postura es la transparente: no aceptar que toquen la Constitución bajo ningún pretexto. El Gobierno insiste en tener en una atmósfera de miedo paralizante, mientras desarrolla un intenso programa populista con los CPC como fuerzas de choque y seduciendo a diputados complacientes que consientan darle la mayoría.
Finalmente, ¿qué significa ese movimiento en Latinoamérica populista y antinorteamericano que lidera Chávez con su petróleo? Hay de todo: l) Una corriente histórica, militante, nacionalista como el aprismo, peronismo velasquismo, castrismo, sandinismo y ahora chavismo efectuando reformas radicales, desde una posición antinorteamericana; 2) Llamar la atención para conseguir más ayuda; 3) Empecinamiento en que basta modificar textos constitucionales desde una perspectiva mágica para cambiar las cosas al instante; 4) Culpar al “imperio” de todos los males y con la otra mano recibirle donaciones; 5) Aprovecharse del petróleo de Chávez para darle cuerda como líder sucesor de Castro. Sin embargo los intereses y expectaciones secesionistas de etnias y banqueros, los mantienen confundidos y divididos.
Frente al autoritarismo rampante conforta que la sociedad civil en todos esos países acosados mantiene viva la llama de la democracia, aunque tímida y sin planes como los mismos norteamericanos.
Nuestro slogan sería: no a las reformas constitucionales y construir una fuerza cívica democrática versus autoritarismo como bandera, porque quien gobierna a Nicaragua no es un partido sino una familia de talante totalitario.