Es indudable que el paisaje de la RAAN cambió mucho después del Félix. Y eso se nota en el camino que va de Bilwi a Tasba Pri, el asentamiento miskito de 21 mil habitantes situado 70 kilómetros al Este de la cabecera departamental, donde hay centenares de pinares doblados como en una baraja de naipes, inclinados en las montañas como en una reverencia mortal.
Manojos de pinos delgados, con sus troncos quebrados por la mitad algunos, y otros trozados desde la base por un hacha de viento, acompañan los flancos del trayecto de 47 kilómetros que une a las comunidades Tuapí y Krukira, en el Llano Norte.
Los pinos no fueron los únicos en sucumbir a la guillotina de aire que asestó golpes a más de 200 kilómetros por hora. Un diagnóstico del Instituto Nacional Forestal señala que un millón 263 mil hectáreas de bosque —rubro que junto a la pesca constituyen la mayor riqueza de la región— resultaron afectadas por el ciclón.
Y más de la mitad de ese bosque caído fueron pinos y maderas preciosas como caoba, cedro macho, cedro real, granadillo, pochote, entre otros. “En el suelo hay tucas tan grandes que ni entre tres personas podrían abrazarlas”, dice Reynaldo Francis, gobernador de la RAAN (Región Autónoma Atlántico Norte).
El gobernador dice que buena parte de ese bosque que está en el suelo se localiza en terrenos inaccesibles, a los que incluso ni los comunitarios tienen acceso. Algunos son territorios de la zona de amortiguamiento de la Reserva Natural de Bosawás, que linda con el río Coco y Jinotega.
Amparado en la Ley de Autonomía, el gobierno regional ha dispuesto que la madera caída se emplee, en primer lugar, en la reconstrucción de las viviendas. Sin embargo, Francis reconoce que es tanta la madera en el suelo que todas las comunidades no tendrían capacidad para absorberla, por eso se ha previsto que una vez superada la etapa de reconstrucción, los comunitarios puedan hacer uso comercial del bosque que botó el Félix.
Una de las preocupaciones de Francis, con el tema de la madera, es que paralelo al aprovechamiento no se implementen planes de reforestación para recuperar la montaña.
MADERA DISTANTE
Pero Miguel Dennis, líder de la comunidad Tuapí, se pregunta cómo podrá lograrse el aprovechamiento, si en muchas comunidades como esa, la gente ni siquiera ha tenido acceso a madera para armar nuevamente sus casas. “Aquí hay muchas familias de brazos cruzados, que no tienen cómo ir a traer madera”, dice Dennis, que recién acabó de construir nuevamente el rancho en el que vive con su mamá, esposa e hijos.
“Aquí el que quiera construir con madera tiene que tener un medio (duristara o lancha con motor) y una motosierra para aserrar la madera y traerla, pero ese un trabajo pesado, no es muy fácil”; dice Marvin Enríquez, de Sandy Bay.
Los comunitarios temen que a pesar del discurso del gobernador, ellos no logren acceder a la madera que necesitan para montar sus ranchos.
Norman Sánchez, del grupo de trabajo de la secretaría ejecutiva del Sinapred (Sistema Nacional de Atención y Prevención de Desastres), dice que una de las prioridades en la etapa de reconstrucción de las viviendas es concluir la entrega de zinc (según datos oficiales se han entregado más de 240,000 láminas a la fecha) y apoyar el resto de la construcción.
Se prevé que de los 17 millones de dólares que prestará el Banco Mundial para atender la reconstrucción, los primeros cinco millones de dólares, que probablemente serán desembolsados entre septiembre y diciembre de este año, se emplearán en el rubro de viviendas y en la pesca.
Y en el rubro de vivienda, según Sánchez, está contemplado presupuesto para el combustible y el traslado de la madera, que es lo más urgente para los comunitarios.
ADIÓS AL MUNDO MISKITO
Cada día que pasa, Sasha deja de ser un territorio miskito, igual que Las Minas, de Siuna y Rosita. Las casas muy poco se construyen sobre pilotes, se come güirila con cuajaba en vez de guabule, se escuchan canciones norteñas en vez de canciones en inglés o miskito, y el dulce acento de los miskitos también se oye menos en este caserío que hace parte de Tasba Pri, el gran asentamiento de 49 comunidades que se constituyó en los años ochenta y que se asoma por la vía que conduce a la mina de Rosita.
Por esa trocha, en la que ahora se desarrollan algunas obras como reparación de puentes, transitan los camiones que llevan mercadería a Puerto, pero también las rastras de las empresas madereras que por estos días, empiezan a circular con más frecuencia.
“Ellos son (los madereros) los que van a terminar aprovechando el bosque que se cayó”, comenta un lugareño que se debe tragar la estela de polvo que dejan todos los camiones que trafican por ese camino seco.
TIERRA ARRASADAY ENFERMA
En Tasba Pri la destrucción del Félix también fue contundente: el 80 por ciento de las casas, todas de madera, volaron con el viento. Así lo reconoce Sergio Castro, enfermero del centro de salud de Sasha.
Castro recuerda que después del huracán no sólo fue evidente la destrucción material, sino moral y física. “La gente quedó muy nerviosa. Al principio, hubo muchos casos de insomnio y depresión entre la población”. También se presentaron algunos cuadros de hepatitis y dos caso de leptospirosis.
“El cambio fue total”, dice Castro, y se refiere a todo: a la salud, al desabastecimiento de comida que fue resuelto con la ayuda alimentaria de organizaciones como el Programa Mundial de Alimentos, PMA.
En Tasba Pri, como en el resto de la región, la gente nunca había enfrentado un huracán. “Por eso muchos no nos refugiamos en ninguna parte”, dice Dora Obregón, una mujer que está buscando atención para el menor de sus hijos en el centro de salud.
“Nosotros seguimos en champa. Hemos reconstruido con lo que hemos podido, pero nos hace falta”, dice Obregón y nuevamente pone en el tapete el tema de la madera. “Esperamos que el gobierno nos ayude a traerla”.