Impulsado por su irracional sentido mesiánico, Fidel Castro se apartó de la tradicional estrategia multilateral revolucionaria del imperialismo soviético. Creyó que él estaba predestinado a llevar adelante la revolución por el unilateral camino de la violencia guerrillera, a la cabeza del levantamiento general de las masas del Tercer Mundo.
La realidad, claro, fue más fuerte que sus enfermizos devaneos. La violencia guerrillera de los años 60 y 70, después de ensangrentar la vida de los pueblos de América, fracasó en todas partes sin pena ni gloria.
Castro aprendió la lección y retornó a la estrategia plural de la fenecida Unión Soviética. Sin abandonar el fomento de la violencia revolucionaria apoya ahora también el logro de la revolución por el camino del socave de las instituciones democráticas.
Esta fue la idea que le condujo, a él y a otros muchos, a la creación del Foro de Sao Paulo en el año 1990, en el que intervendrían activamente movimientos políticos como el Partido de los Trabajadores del Brasil y movimientos guerrilleros como las FARC y el Ejército de Liberación Nacional, para encaminar el movimiento revolucionario por una u otra vía.
Castro —o sus sucesores— y sus socios (Lula, Chávez, Evo Morales, Correa y Daniel Ortega) apoyan muy especialmente a la guerrilla narcotraficante de las FARC. Su primer objetivo es conseguir su triunfo en Colombia, pero también ayudar a su expansión en otros países. Se tiene conocimiento de la presencia de guerrilleros colombianos en varios países hispanoamericanos, desarrollando actividades de adoctrinamiento, agitación y entrenamiento de grupos guerrilleros. Millonarias sumas de dinero, procedentes sobre todo de Venezuela, pero también de otras fuentes europeas y asiáticas, han conseguido re-oxigenar al ya exánime cuerpo del terrorismo internacional. De tal manera que el guerrillero colombiano Javier Cifuentes se ha atrevido a augurar que “las FARC están completamente seguras de que el siglo XXI es el siglo del socialismo, es el siglo de la América Latina”. En todos los rincones del subcontinente vuelven a aparecer organizaciones revolucionarias filocomunistas: piqueteros, campesinos sin tierra, movimientos indigenistas, movimientos sociales de barrios, y otras muchas más. Es decir que el terrorismo internacional vuelve a ser en Hispanoamérica una opción que se cultiva con mucha pasión.
Empero, a su lado se impulsa también la “vía democrática”. Se crean movimientos políticos que prometen el oro y el moro a los pueblos que viven rumiando en la desesperación y en la miseria. ¡El mismo señuelo envenenado de los demagogos de todos los tiempos!
Con el engaño y las falsas promesas Chávez sube al poder en Venezuela, y, bajo sus alas, se acogen a su regazo Evo Morales, Daniel Ortega y el ecuatoriano Correa.
Jugando a la carta democrática, estos políticos que se declaran marxistas han triunfado y se presentan como los defensores de la libertad y del bien, e incluso se permiten el lujo de organizar elecciones.
¿Elecciones? Así las denominan ellos, pero en realidad son comicios apañados para asegurarles el ejercicio continuado e irrestricto del poder.
Gracias a estas mascaradas (máquinas electrónicas de recuento de votos y registros electorales adulterados; encarcelamiento o inhabilitación de candidatos opositores, etc.) Chávez triunfa repetidamente en las elecciones que ha organizado para mostrar al mundo su profundo respeto a la voluntad del pueblo. Evo Morales hará exactamente lo mismo en los próximos comicios en Bolivia.
Y también en Nicaragua el demócrata Daniel Ortega ha dispuesto todo para que ganen las agrupaciones políticas que le apoyan.
Ante tal situación, ¿qué hacer? Se comprende la desesperanza de quienes, conociendo la celada, prefieren abstenerse a convalidar con votos unos comicios fraudulentos. Pero en realidad la abstención es una trampa armada por los organizadores del timo para conseguir más fácilmente la realización de sus propósitos.
Yo aconsejaría que se participe activamente en las elecciones, denunciando las artimañas, el dolo y la mentira, y exigiendo individual y colectivamente, nacional e internacionalmente, el control del voto para asegurar la limpieza de las elecciones.
Gracias a su voluntad de no hurtar el cuerpo al peso del poder arbitrario, el pueblo venezolano frustró la pretensión del comandante Chávez de convertirse (“democráticamente”) en dictador perpetuo.