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Noticias >> Nacionales
Marvin Enríquez aún no termina su casa, que fue arrastrada por el Félix. (LA PRENSA/G. MIRANDA)
Sandy Bay aún “se lame” las heridas
La bahía que puso muchos de los muertos de la tragedia del ciclón emerge de las aguas
Amalia Morales
nacionales@laprensa.com.ni
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A sólo 30 millas de Bilwi, en dirección al Norte como quien va para Cabo Gracias a Dios, está la barra de Sandy Bay.

En un recodo de esta barra, cubierto por un espeso charral de mangles, se abre paso el río que conduce hasta el caserío del mismo nombre, en el que despiertan a diario unas 14,500 personas, que nunca creyeron en la agitación que iban a vivir la madrugada del 4 de septiembre del 2007. Ese día, por efectos del viento, de la naturaleza, el mar pasaría de ser un amigo a convertirse en un enemigo mortal.

Marvin Enríquez, líder de Nina Yari, la capital de Sandy Bay, lo recuerda bien. “El día antes habían caído muchos chubascos, con mucho viento”.

A esa hora, ya los pescadores de Sandy Bay estaban avisados del huracán que se aproximaba. Pero muchos no hicieron caso y se fueron al mar. Otros, ya no podían hacer nada, estaban en los Cayos Miskitos, que es donde se proveen de alimentos la mitad de los ribereños.

Enríquez desistió de ir al mar, pero en cambio se aferró a resistir la tragedia adentro de su casa. Mandó a la mujer y a los hijos al refugio. Él se quedó en la casa verde de madera, que ahora parece la fachada de una película de Western.

Enríquez recuerda hoy que su capricho no duró tanto. Al filo de la medianoche, con los primeros sablazos de aire que lo rompían todo, salió disparado al templo de la Iglesia católica a refugiarse con los suyos. Desde ahí escuchó con miedo el ulular del viento y el ruido estrepitoso de las láminas de zinc, que fueron la guillotina de muchas gallinas y caballos.

Enríquez dice que Sandy Bay quedó totalmente destruida. Todo se cayó. O casi todo. Las únicas casas que resistieron fueron las magníficas construcciones de concreto, que florecieron en los últimos años, gracias a los “donativos de Colombia”, como le dice Enríquez en tono irónico, a los paquetes de coca que se recogían en la playa. Esas casas sólo perdieron el techo, como un calvo que bota la peluca.

VUELTA AL MAR

Hoy, Sandy Bay, se reconstruye. “Pero es por cuenta propia”, dice Enríquez, quien todavía no completa las láminas suficientes para el techo de su casa, ni las tablas para el nuevo piso. “Estamos temporalmente en la casita que era la cocina”, dice.

“Aquí después del huracán vinieron todos a ver cómo habíamos quedado, pero después nadie regresó más”. Y el resentimiento de Enríquez es compartido por la mayoría de los pobladores de esa bahía.

“Nosotros creemos que la ayuda se la están robando allá en Bilwi, porque aquí no hemos visto nada”, prosigue en su descontento este hombre, que es responsable del bocado de 10 personas.

Antes de una semana del paso del Félix, los pescadores de Sandy Bay volvieron al mar. El agua, que se tornó café y sucia, había recuperado su color. “Nosotros vivimos de la pesca, no teníamos de otra”, dice Emilio Pantin, nacido en el río Coco, pero habitante de la bahía desde hace 20 años.

Pantin se quedó sin panga para trabajar, el viento la destruyó. Ahora le toca trabajar en la panga del vecino. “Ojalá el Gobierno nos ayudara”, dice.

“Aquí ni la Elizabeth Enríquez, ni Brooklyn Rivera, que son nacidos en Sandy Bay, han dado la cara por estas comunidades, parece que todos se olvidaron de nosotros”, repite Marvin Enríquez.

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