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Al fondo una pequeña embarcación se dirige al mar a pescar, la actividad económica de la región. (FOTOS LA PRENSA/G. MIRANDA)
Reconstrucción en la RAAN a cuentagotas
Iniciando la temporada de huracanes y a un año del Félix, las cosas no han mejorado para los afectados por Félix
Amalia Morales
nacionales@laprensa.com.ni
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Bosque en el suelo

Al Félix no se le capearon ni los árboles. Se estima que 1.6 millones de hectáreas de bosque sucumbieron a los vientos rabiosos de más de 200 kilómetros por hora del Félix.

Cuatro gatos lánguidos y bisoños merodean como buitres al acecho del plato de arroz que se come un niño, moreno y barrigón, que está sentado con los pies descalzos sobre las tablas de pino recién aserradas, en el extremo derecho de un rancho en Krukira, al norte de Bilwi.

Una banda plástica con siglas USAID, que se distingue a por lo menos media cuadra de distancia, cuelga del dintel de ese rancho, que está elevado sobre seis pilotes. Como en una tarima exhibe una postal rural bastante desoladora: algunos niños casi desnudos revolotean alrededor del niño que come arroz, y una adolescente embarazada carga a otro hermano de brazos; con la otra mano tantea la temperatura del agua que se cuece en una olla. Detrás de ella, hay varios grumos de ropa en el suelo, y algunos trastos, las pocas pertenencias que quedaron o que llegaron en la calma, luego de la tempestad.

La falsa cortina con las letras de USAID, le sirve de fachada y de puerta a esa casa, que todavía no acaba de construirse, y que hace un año no estaba ahí sino unos centímetros más adelante, donde ahora están enterrados los cuatro postes de un gallinero que todavía no existe.

Fue por ahí que entró el huracán Félix en la madruga del 4 de septiembre de 2007. El viento raudo que en categoría cinco impactó por el sur el Caribe Norte del país, y sopló a velocidades salvajes de más de 200 kilómetros por hora, algo que nunca nadie imaginó en la zona y que aún no se acaba de entender.

“El viento se metía en la boca, no se podía ni hablar, sólo oíamos un silbido”, dice Algina Bushey, una mujer de Krukira, que huyó para la iglesia morava antes que el vendaval lanzara como dagas voladoras las láminas de zinc de su rancho.

Ese cruento estornudo de Dios llamado Félix, arrancó casas y árboles centenarios desde sus cimientos. Tucas que no pueden abrazarse ni entre tres personas, fueron dobladas por el viento. La tempestad seca, pues cayó muy poca lluvia la madrugada de ese martes, revolcó todo lo que había sobre la tierra y el agua: pangas y aperos de pesca, animales pesados como caballos y vacas fueron arrojados a decenas de metros de donde pastaban.

Muchas de las bestias, en un cuadro que pareció dantesco días después, quedaron incrustadas en las telarañas de los manglares y atrapadas en las raíces de los árboles.

Semanas después del desastre, el recuento de daños de las autoridades, fue estremecedor: 103 personas murieron, casi todas en el mar, y 198,000 personas, la mitad de los pobladores de la RAAN (Región Autónoma Atlántico Norte) lo perdieron todo o casi todo; más de 20,000 casas volaron por los aires como papel. (Ver infografía adjunta).

“Yo nunca supe adónde fueron a dar las cosas de mi casa, hasta ahora no las he encontrado, no encontré ninguna gallina”, dice Samuel Omellet, uno de los líderes de Sisín, comunidad del Llano Norte, quizás uno de los sitios donde más claro se nota lo lento que avanza la reconstrucción.

Un año después, Samuel no ha podido levantar como era su casa de madera. Del rancho general, hay partes de las paredes que las ha cubierto con pedazos de zinc y con plástico azul, de uno que le dieron luego de la emergencia para taparse provisionalmente. Dice que con las 30 láminas de zinc de ocho pies que le entregaron no alcanzó a techar el nuevo rancho.

“Me hacen falta los clavos y la madera, que no sé cómo hacer para traerla hasta aquí”, cuenta Samuel.

“El huracán evidenció la pobreza crónica que padece esta región, la más empobrecida de Nicaragua”, dice Reynaldo Francis, gobernador de la RAAN. Francis asegura que para superar esa tragedia, la región necesitará cerca de 320 millones de dólares, y que algunos fondos ya vienen en camino, como los 17 que recién aprobó el Banco Mundial.

POR CUENTA PROPIA

Para Isabel Espinoza, miskita, de 35 años, el gallinero es secundario. Hasta que le sobren ripios hará el pequeño corral para las cuatro gallinas —donadas por una ONG— que andan revueltas con los gatos, y que apenas el niño se levanta y deja el plato de arroz, se lanzan a dar sus picotazos.

Por ahora, cualquier ripio se utiliza en el rancho en el que viven apretadas nueve personas: Isabel, sus siete hijos y su marido. La pared del fondo está hecha con pedazos de zinc, madera y con las sábanas plásticas de USAID.

En un recorrido de seis días, por comunidades del Llano Norte y Sur y del litoral norte, se constata que al margen de lo que declaran las autoridades locales, la reconstrucción post Félix, en muchas comunidades avanza con ayudas puntuales, pero en buena medida depende del esfuerzo propio de los pobladores.

“Esto lo hemos hecho nosotros solitos”, dice Isabel, arrimada a los pilotes de su rancho, de donde podría salir el primer piso de una casa. El marido de ella, que un domingo anda pescando en la laguna de Krukira, es el que ha armado ese rancho con la maestría de quien arma un juego de legos.

La madera de pino la trajo desde otra comunidad que está bastante retirada. Mientras que el zinc, es una mezcla de hojas nuevas, que les donaron, con hojas torcidas y ensarradas que recuperó a los pocos días del ciclón.

En otras comunidades como Tuapí, que está a 16 kilómetros al sur de Krukira, o en Sandy Bay, la historia se repite.

La mayor queja, y en consecuencia, necesidad, en este momento, es la madera. Muchas comunidades del litoral y del Llano Norte están alejadas de las áreas donde el bosque está tumbado.

“No tenemos cómo traer la madera, quisiéramos que el Gobierno nos ayudara con combustible y camiones para poder construir nuestras casas”, dice Tomás Morales, un hombre de 62 años, poblador de Krukira, que vive apiñado con siete hijos y dos nietos, en una estrecha casa forrada en sus cuatro costados de viejas latas, que a cualquier hora parece un horno.

Tuapí es de las pocas comunidades donde además de zinc, llegaron algunos perlines de los 20,000 que habría donado el Gobierno de Venezuela, y que hasta noviembre pasado acumulaban sarro en los predios de la Empresa Nacional de Puertos, EPN, de Bilwi. En esa comunidad, de casas a medio hacer, el perlín se va a emplear en reforzar el techo de la escuela.

Francis dice que se ha distribuido cerca del 30 por ciento de los perlines, pero por factores culturales no se ha hecho entregas masivas, porque en algún momento se comprobó que la población los agarraba y los vendía.

Auhya Pigni es un caso aparte en Llano Norte. Hasta ahí llegó la ONG Hábitat Internacional y construyó 150 casas de las 153 que había. “Son bastante pequeñas, pero estamos agradecidos con ese organismo”, dice Fernando Sanders, 52 años, quien comparte espacio con 20 personas más.

“En mi casa están mis hijos, mi mamá, dos nueras y mis nietos”, afirma este hombre, quien cree que el hacinamiento es otra consecuencia de la tragedia.

PRODUCCIÓN CERO, HAMBRE AL CIEN

Isabel, quien el día de la desgracia alcanzó a refugiarse con sus hijos en una escuela de Puerto Cabezas, cuenta que el arroz que hay en el plato de su hijo es lo único que les ha quedado de la última remesa de comida que les llevó el Programa Mundial de Alimentos (PMA).

“No han vuelto desde junio”, dice en miskito Espinoza, y agrega que esa vez les dijeron que era la última vez que les llevarían comida.

Según las autoridades, durante un año sostenido, se repartieron 14,836 toneladas de alimentación a 180,000 personas en la región. Sin embargo, la probabilidad de que no haya más entrega de alimentos es una de las preocupaciones latentes entre la mayoría de la gente.

ADIÓS A LAS PANGAS

El Félix no sólo barrió con las casas y con los enseres, sino también con el aparato productivo de la región. Toda la agricultura de subsistencia que desde antaño practican los miskitos se vino abajo. La pesca también se deprimió. Muchos perdieron sus pangas y todo lo que había en ellas: motores, remos, mallas.

Varios organismos de los 34 presentes en la zona, han donado trasmallos y semillas para reactivar la producción, pero nada parece ser suficiente para una región que lleva un hambre rezagada, pero que ahora está más pobre.

Los comunitarios se quejan de que en el caso de las semillas, la distribución fue muy tardía. “Nosotros sembramos la yuca y la malanga en marzo y nos la trajeron en junio. La sembramos pero se perdió porque todo se mojó y se ahogó en el agua”, dice Samuel.

En la RAAN cae agua en nueve de los 12 meses del año.

Lottie Cunningham, del Centro para la Justicia y Derechos Humanos de la Costa Atlántica de Nicaragua (Cejudhcan), dice que otro factor que agrava la situación alimentaria de los damnificados del Félix, es el elevado costo de la vida que impera en la región.

En este último año, la canasta básica ha aumentado cuatro veces. “Una libra de arroz hace un año costaba C$3.50, ahora vale 13 córdobas”, dice Cunningham, quien en oposición al gobernador, cree que en realidad se ha atendido entre un 25 ó 28 por ciento de las necesidades.

FRAGILIDAD

En los patios de muchas comunidades todavía hay árboles frutales acostados, como si el vendabal hubiera pasado ayer. Frente a la casa de Heraldina Williams, 38 años, en Sandy Bay, hay un mango gigante tumbado como un jugador de futbol al que acaban de meterle el pie y cae con los pies para arriba. Williams recuerda que ella jugó debajo de la sombra de ese árbol.

A raíz del ciclón, en casi todas las comunidades la gente ha optado por cercar con ripios de zinc los nuevos retoños de plátano, de coco, de mangos y de limones.

“Es una manera de protegerlos”, comenta Josefa Hosman, una mujer de Sisín, consciente de que ellos no pueden protegerse así de fácil.

ESCUELAS “SIN ZINC”

En algunas comunidades las escuelas siguen inhabilitadas. Es el caso de Sisín, donde los muchachos de secundaria reciben clases debajo de toldos. Los profesores aclaran que desde antes del huracán estaban así.

O como en Auhya Pigni, adelante de Sisín, donde hay más de 200 estudiantes, de mañana y tarde, que reciben clases a la intemperie, rodeados de chanchos y gallinas. Es paradójico, pero ahí mismo hay tres aulas de una nueva escuela, la de secundaria, que no dispone ni de alumnos ni de profesores. “Es que la acaban de entregar”, comenta una profesora.

CASTIGO DIVINO

El domingo a las diez de la mañana en Krukira, la gente se congrega en las iglesias. Entre los únicos edificios de concreto se cuentan las iglesias morava y católica, el centro de salud, la casa pastoral y la escuela.

El templo moravo se repleta con hombres y mujeres que, junto a las niñas, llevan en sus cabezas la almanca, una tela redonda y blanca que simboliza su opción espiritual.

Antes de las plegarias y las lecturas, se entonan cantos miskitos dirigidos al Creador, en los que sobresalen las voces agudas de los niños, que hoy llevan puestos sus mejores trajes y tal vez sus únicos zapatos.

Algina Bushey dice que ellos piensan que el huracán fue un castigo de Dios, por la mala conducta de la comunidad.

“Le hemos desobedecido a él”, dice Bushey de 52 años, y recuerda que en ese mismo templo, cupieron amotetadas unas 1,500 personas de las más de 3,000 que habitan Krukira.

“El viento era tan fuerte que quebró todas las ventanas”, dice. Hasta ahora, los ventanales siguen chintanos.

“Si vuelve a pasar algo, ahí nos vamos a meter, porque sólo el Señor nos puede salvar”.

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