Millones de fieles musulmanes de todo el mundo se disponen a entrar en el mes sagrado del Ramadán, que llega ensombrecido por una preocupación: el aumento de los precios de los alimentos.
Este año el Ramadán comenzó ayer domingo en Libia, hoy lunes en Egipto, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin, Kuwait, Yemen o Arabia Saudí, país que alberga los dos principales lugares santos del islam, y mañana martes en Pakistán.
En cada uno de los países, los teólogos, sabios y dignatarios religiosos se reúnen todos los años para la “noche de la duda”, durante la cual escrutan el cielo en busca del cuarto creciente de la luna, que les permitirá fijar el inicio del ayuno sagrado.
Algunos combinan este método con cálculos astronómicos, telescopios o el uso de un avión. Todo ello favorece las discrepancias entre países, e incluso entre religiosos de una misma nación.
En Indonesia el mayor país musulmán del mundo en cuanto al volumen de población, los precios de los huevos, de la carne y del aceite, se ha disparado un 25 por ciento en una semana.
En vísperas del Ramadán, las autoridades argelinas garantizaron que habrá productos alimentarios básicos en abundancia y advirtieron a los especuladores que se cuiden de aumentar los precios, porque estarán bajo control.
En Pakistán, en esta ocasión, la subida de los precios empaña este mes de recogimiento. “La inflación tiene repercusiones en todo”, lamenta Fehmida Shaukat, una paquistaní de Karachi (sur).
El aumento de los precios de los alimentos básicos y los reiterados cortes de luz inquietan a los habitantes de este país, sumido además en una grave crisis política y una espiral de violencia islamista.
En el vecino Afganistán, la población comparte esta preocupación. Y es que el precio de los cereales se ha duplicado en un año en algunos lugares del país.
Durante el Ramadán —uno de los cinco pilares de la religión musulmana— los creyentes se abstendrán de beber, comer, fumar y mantener relaciones sexuales desde el alba hasta el ocaso.