El Club de París es un club muy especial. No tiene sede (por lo tanto, tampoco restaurante ni servicio de bar). No dispone de personería jurídica. Y ninguna de sus dos categorías de socios está muy contenta de pertenecer a él. Es lo que se llama “un club informal”.
Su fin es cobrar las deudas bilaterales que los países pobres, o empobrecidos, dejaron alguna vez de pagar a los 19 miembros “acreedores”. Y es ese deseo de cobrar lo suyo lo que lo ha hecho convertirse en una de las organizaciones informales más poderosas del planeta.
Para entender su naturaleza, a la vez práctica y elusiva, suele citarse a un funcionario que trabajó en él: “El Club de París no es una institución, es una no-institución. No existe una carta ni un manual. Sin embargo sí existen reglas no escritas”.
Y es, precisamente, el deseo de Argentina de romper una de ellas, más la inquina de un par de los socios, lo que ha convertido la negociación por el pago de 6,200 millones de dólares en un “vals punkie”, lleno de cortesías que alternan con pisotones. De sutilezas y portazos que han dado vida a un nudo gordiano que ninguna espada ha podido —hasta ahora— desatar.
Sucede que para arreglar con el club, éste pide que se honre una regla de “condicionalidad”, la cual consiste en que el país acreedor condiciona el aceptar la reestructuración a un ajuste o revisión de su economía por parte del FMI.
Las autoridades argentinas han dicho que jamás aceptarán algo por el estilo. Y argumentan que Angola, Cuba, Indonesia e Irak fueron exceptuados de cumplirla. El club responde que Angola e Irak estaban en guerra al renegociar, que Cuba no era miembro del FMI (Argentina sí) y que la situación de Indonesia era del todo distinta, luego de un tsunami arrasador.
¿Qué es lo especial, entonces, de Argentina? “El Gobierno argentino ha demonizado al FMI ante la opinión pública y realizó un gran esfuerzo para pagar la deuda que tenía ante el fondo, al mismo tiempo que ha insistido ante la población que las políticas del FMI son malas para la nación”, razona Joydeep Mukherji, jefe de calificaciones soberanas de Standard and Poor’s.
Entonces, “sería muy difícil para ellos regresar y decirle a la gente que tienen un nuevo acuerdo con el FMI”, indica.
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Desde otra óptica, a la economista argentina y directora de la Consultora CERX, Victoria Giarrizo, le asalta la duda sobre “si al Gobierno no le gusta ser el chico malo que busca mostrar que hay otras formas de hacer las cosas”, y por lo tanto, arreglar con el club no está entre sus prioridades. Aunque, “si arreglas con el club tendrías más credibilidad”.
No hay que descartar, dice, que el conflicto actual con los productores agropecuarios, además, “le consume muchos recursos humanos”. Y está asimismo el hecho de que “la situación fiscal es muy ajustada”, explica.
Cristina Kirchner está bajo presión internacional para que salga del default con los hold outs (bonistas que no entraron en la renegociación de la deuda) y con el Club de París, pero “con los dos no lo va a hacer, porque se le empieza a complicar la caja”.
El desencuentro es también el efecto de profecías autocumplidas cruzadas.
Gobiernos como el japonés y el italiano desean que Argentina no reciba ni un favor más que la haga sentirse “distinta” por haber declarado un default y haber salido relativamente indemne.
Muchos traders que perdieron dinero y prestigio con la cesación de pago sueñan que un nuevo desastre confirme sus visiones del país como incorregible. “En el campo argentino se dice que el que se quema con empanadas sopla hasta las sandías”, comenta al respecto el analista político Roberto Bacman, para quien el Gobierno sabe que la etiqueta de condena “no se resuelve sólo con pagarle al Club de París”. Pague o no, “muchos inversores no quieren nada con Argentina”.
Ergo, si lo van a seguir apaleando, ¿por qué apurarse en arreglar con el club entonces?, razona el Gobierno. “Porque no tenemos el financiamiento barato que podríamos tener para ciertas inversiones por parte de los países miembros del club”, responde Aldo Abram, de la consultora Exante.
Estar en “azul” con el club podría hacer una diferencia no menor, arguye, ahora que “la época de la plata dulce internacional, que duró hasta mediados del año pasado, donde la gente invertía en cualquier lado”, se acabó.
Según Abram, tal abundancia de capitales llevó a que “creyéramos que no había un costo en credibilidad por dejar de pagarle a alguien, pero lo hay”. Y la muestra es que, respecto de Argentina, “la curva de percepción de riesgo en corto plazo hoy es alta, pero a más largo plazo es muy, muy alta”, añade.
Francisco Larios, economista jefe para mercados emergentes de Decision Economics, piensa algo similar: “En este momento conseguir financiamiento no es un asunto de vida o muerte para Argentina”; no obstante, “el escenario de riesgo está aumentando en el mundo y el país debería aprovechar las circunstancias actuales para mejorar su relación con los mercados internacionales”.
Mukherji, de Standard & Poor’s, también ve la necesidad de prepararse para chubascos futuros. “Nosotros asignamos un negative outlook hace algunas semanas para la calificación de deuda argentina”, explica, porque “nos pareció que hay un mayor peligro, debido a las expectativas de mayor inflación y una mayor volatilidad económica en el futuro”, explica.
Lo anterior hace que la negociación con el Club de París no sea sencilla. De todas formas, Cristina Kirchner posee dos cartas buenas. Una es la relación de alianza real existente con el jefe de Gobierno de España (el principal acreedor bilateral en el marco del club), José Luis Rodríguez Zapatero, y dos, la creciente afinidad y cercanía con el líder francés Nicolás Sarkozy.