Después de casi dos años de precampaña y campaña electoral, después de casi 40 debates y 50 elecciones primarias y después de más de US$2 mil millones en gastos políticos, se acerca —por fin— la elección general de Estados Unidos. Ésta se celebrará el martes 4 de noviembre. En ella se elegirá un presidente y un vicepresidente de la República, 435 diputados y 35 senadores. También serán electo 11 gobernadores de estados.
En el último mes, prácticamente todas las encuestas indican que Barack Obama, el senador demócrata de Illinois, derrotará a John McCain, el senador republicano de Arizona, para la Presidencia. Más recientemente, las mismas encuestas también están señalando que los demócratas podrán tener una cosecha importantísima tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado. De darse este escenario, significaría que el partido demócrata controlaría al Poder Ejecutivo y al Poder Legislativo por primera vez desde 1994, cuando Bill Clinton era presidente.
Las encuestas no son infalibles a como hemos visto en Nicaragua. Recordemos que en 1948 las encuestas norteamericanas le daban la victoria al gobernador republicano de Nueva York, Thomas Dewey. Era tan grande la expectativa que el Chicago Tribune, uno de los diarios más importantes de la Unión Americana, sacó un titular antes de que se había terminado de contar los votos, informando a sus lectores que Dewey había derrotado a Harry Truman, el entonces presidente demócrata. Pero los encuestadores y el Chicago Tribune se equivocaron, y Truman sacó dos millones de votos más que su contrincante republicano.
Sin embargo, esta vez no habrá sorpresa como la de 1948. Me atrevo a pronosticar que Obama ganará la Presidencia y que se dará un realineación del mapa político como no se ha visto desde la victoria de Franklin Roosevelt en 1932. Las señas de la avalancha demócrata se ven por doquier. Para muestras algunos botones.
Primero, el canal de televisión conservador, Fox, que naturalmente apoya a McCain, se está dedicando a desacreditar el proceso electoral en algunos estados claves, como Ohio, alegando que una ONG izquierdista (conocida como “Acorn”) está inscribiendo ilegalmente a miles de nuevos votantes. En Estados Unidos, cuando un partido político o sus aliados cuestionan insistentemente la transparencia de una elección antes de que se dé, a como lo está haciendo Fox, tenés una indicación clara de que está buscando una justificación para la derrota que su bando sufrirá.
Segundo, el Partido Republicano está sacando spots advirtiendo a los votantes que no se puede permitir que la Casa Blanca y el Congreso caigan en manos de los demócratas porque eso allanará un camino para una revolución socialista en el país. Implícito en este mensaje, que cada vez se escucha más, es que los republicanos ya dan por perdida la Casa Blanca y que están buscando cómo mantener su beligerancia en el Congreso.
Tercero, figuras importantes del Partido Republicano han abandonado a su partido y endosado la candidatura de Obama. Lo hizo Colin Powell, un ex canciller y jefe de estado mayor del ejército y una persona de mucho prestigio en Estados Unidos. Y también lo hizo Scott McClellan, hasta 2006 el secretario de prensa de la Casa Blanca con el actual presidente Bush.
Cuarto, la campaña de Obama está claramente en la ofensiva. Cuenta con más de dos veces los fondos que tiene McCain para pagar spots y movilizar concentraciones. Y ha montado impresionantes maquinarias de campaña en estados que votaron para Bush en 2004 como lo son la Florida, Nevada, Nuevo México, Iowa, Colorado, Carolina del Norte y Virginia. Este último estado, el más antiguo de la Unión Americana y un bastión republicano, nos podrá dar una buena y temprana indicación de cómo saldrá esta elección la noche del 4 de noviembre. No ha votado por un presidente demócrata desde 1964, pero Obama tiene una clara ventaja en las encuestas. Es posible que Obama gane la Presidencia sin ganar Virginia —lo hicieron dos otros demócratas, Jimmy Carter en 1976 y Bill Clinton en 1992 y 1996— pero es prácticamente imposible que McCain gane sin Virginia.
Podría seguir citando otros augurios que presagian un terremoto demócrata en 2008: la energía que se palpa entre los demócratas, por ejemplo; el gran número de nuevos votantes inscritos (especialmente jóvenes, que favorecen a Obama y su mensaje del cambio); el descontento nacional con un presidente y un partido que es —correcta o incorrectamente— visto como culpado de la crisis económica y las guerras interminables de Irak y Afganistán; y el número grande de diputados y senadores republicanos cuyos escaños peligran, ya sea porque los que los ocupaban están jubilándose o porque han caído en desgracia.
Mi conclusión es que las estrellas están claramente alineadas para que se dé un tsunami demócrata en donde el Partido Demócrata quedará con una mayoría de más de 50 escaños en la Cámara de Representantes (versus 36 ahora) y hasta de 9 ó 10 escaños en el Senado (versus un empate ahora). Y, por supuesto, sin la Oficina Oval.
Sé que me estoy arriesgando al pronunciarme anticipadamente, a como lo hizo el Chicago Tribune. Es cierto, por ejemplo, que el factor racial podría resultar en una sorpresa en estados que son campos de batalla como Virginia, Carolina del Norte y hasta Pennsylvania. Pero mi lectura es que aunque la contienda se vuelva más reñida por este imponderable, a como decían los romanos, “alea jacta est”. La suerte ya está echada.