Si lo que querían los agresivos partidarios del gobierno de Daniel Ortega y de su candidato a alcalde de Managua, los que el martes de esta semana, invadieron violentamente las instalaciones de la Universidad Centroamericana (UCA), era conseguir simpatías políticas y votos para la elección del próximo 9 de noviembre, seguramente que el resultado que obtuvieron con semejante acción abusiva fue —o tiene que haber sido— todo lo contrario.
Lo mismo se puede decir de lo ocurrido en León, donde el sábado 20 de septiembre activistas violentos del FSLN, encabezados por su candidato a alcalde en ese municipio, agredieron con piedras, garrotes y tubos a personas pacíficas que querían manifestar pública y cívicamente sus demandas políticas y sociales. Y tampoco deben haber ganado votos después que agredieron a un grupo de jóvenes que se manifestaban pacíficamente frente a las instalaciones del oficialista Canal 4 de Televisión, en el que se predica el odio contra los que no están de acuerdo con el Gobierno y se vierten difamaciones, injurias y calumnias de toda clase contra personas honorables, nacionales y extranjeras.
Lo cierto es que en todo el país el FSLN ha ensuciado la campaña electoral municipal con sus acciones de violencia, de agresiones fìsicas y verbales contra los candidatos y los partidarios de la oposición y contra todos los ciudadanos que han tenido la desdicha de encontrarse con las turbas. Los medios de comunicación no han tenido espacio suficiente para informar sobre todas las agresiones que ha sufrido la oposición, pero es raro el lugar donde no ha ocurrido un acto de violencia oficialista durante esta campaña electoral municipal.
Ante esta situación no pocas personas se preguntan: ¿Es que el FSLN quiere conseguir votos para sus candidatos, practicando la violencia, agrediendo a la gente, manchando las paredes de casas ajenas, invadiendo predios e instalaciones universitarias, difamando e injuriando a ciudadanos honestos y respetables? ¿Es que la imagen de un candidato a alcalde blandiendo un garrote contra ciudadanos indefensos, inclusive contra policías, le podría sumar votos en las elecciones? ¿Puede ocurrir eso en la ciudad donde nació la universidad nacional, la que es cuna sentimental de Rubén Darío y sede por excelencia de la educación y la cultura nicaragüense?
En realidad, no es para conseguir votos que los candidatos oficialistas y sus seguidores practican la violencia de manera consuetudinaria. Lo que quieren es imponerse mediante el miedo. Ellos saben que tienen asegurados los votos de sus partidarios y lo que pretenden lograr es que los ciudadanos opositores e independientes, sobre todo los indecisos, por miedo no vayan a votar y así los candidatos de la oposición no puedan ganar la mayor parte de las alcaldías y concejalías que están en disputa.
El miedo, según lo define el diccionario de la lengua española es la “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”; y el “recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea”. El miedo es una emoción natural de la persona humana, que los individuos dictatoriales y totalitarios han convertido en factor político, con el propósito de intimidar, someter y obligar a la gente a hacer lo que es contrario a su voluntad, o para forzarla a que deje de hacer lo que le conviene.
Pero el miedo no es de un solo sentido. En este caso el miedo no es únicamente por temor a la violencia o la amenaza de violencia del orteguismo, que por medio de la fuerza bruta quiere imponer a quién se debe votar y a quién no. En la otra cara de la moneda está el miedo a perder la libertad y la democracia, el miedo al regreso del espionaje y la represión, a la escasez y el racionamiento de comida, a la militarización de la sociedad, a la guerra y el servicio militar obligatorio, etc., etc.
Y está demostrado que el miedo puede vencer al miedo. O sea que los ciudadanos pueden derrotar al miedo que les causan ahora las amenazas orteguistas de violencia en las elecciones, y animados por el miedo a la restauración de la dictadura y sus apocalípticos acompañantes, decidirse a votar el 9 de noviembre por la democracia y la libertad. Eso es lo que esperamos y a Dios rogamos que así sea.