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Noticias >> Sucesos
No sólo es el calvario de migrar. Según el diario La Nación, los niños se prostituyen en la frontera de Peñas Blancas y en sus alrededores. (LA PRENSA/ARCHIVO)
“Vendo chicles, refrescos y también mi cuerpo”
Calvario de niños nicaragüenses que se prostituyen en la frontera con Costa Rica
Son de Rivas en su mayoría y les duele ganarse la vida de ese modo
Nicolás Aguilar R.
Tomado de La Nación
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Pobreza como telón de fondo

Cuando hablan los niños exponen lo mismo.

“Hay que ganarse algo a cómo sea, pero los policías nos agarran... Somos muy pobres y lo que gana mi papá no nos alcanza”, dice, con voz impostada, tratando parecer de más edad, una menor, mirando hacia todos lados en busca de clientes.

Ella, al igual que otras niñas provienen generalmente de Rivas, según las autoridades.

Aunque también hay jóvenes costarricenses de La Cruz y de otros cantones de Guanacaste. Ellas, que son minoría, prefieren intentarlo en bares o cerca de restaurantes para no quedar en evidencia, según La Nación.

“Casi siempre andan en esas cosas de noche, pero de día se les ve vendiendo chicles. Siempre van y vienen”, confirma Luis Fernando Ortega, funcionario de un pequeño puesto del Ministerio de Salud de aquel país.

Según Ortega, la mayoría de los clientes son traileros en tránsito.

Aunque los guardias costarricenses las expulsen hacia Nicaragua, las pequeñas y las adultas se las ingenian siempre para volver.

Utilizan para ello “pasos ciegos” en la frontera, donde aprovechan la escasa vigilancia policial, y se instalan nuevamente a hacer lo mismo, por lo que son expulsadas.

Niños “coyotes”

En las cercanías de la frontera, infantes también merodean ofreciendo su servicio. Además de halar maletas o realizar “cualquier mandado”, son ocupados como “coyotes” que ayudan a indocumentados a pasar de Nicaragua a Costa Rica o viceversa.

Vive en Rivas, al sur de Nicaragua, pero pasa la mayor parte del tiempo en el cordón fronterizo de Peñas Blancas, en La Cruz, Guanacaste. Allí, según dice, “vendo refrescos para ayudar a mi familia”.

Luce unos ajustados pantalones de lycra, una blusa igualmente pegada al cuerpo y mueve las caderas con fingida sensualidad.

Su voz fina, el movimiento afeminado de sus manos, su forma de mirar; con ternura, confunden a cualquiera.

No es una mujer. Es un adolescente de 14 años, quien gusta vestirse de mujer y, además de vender refrescos, se prostituye desde hace varios años, según lugareños.

“Mi papá trabaja en el campo y lo que gana no alcanza. Yo le ayudo como sea, es la verdad”, afirma sin dejar de mirar a todas partes, a la espera de un descuido de dos policías, a quienes confía burlar como ha hecho muchas otras veces.

Según dice, es detenido frecuentemente y regresado a suelo nicaragüense, pero “yo me la juego y me meto por cualquier lado, porque se come todos los días”.

LOS TRAILEROS

El adolescente rehúsa hablar de sus clientes, pero las autoridades sostienen que son casi siempre traileros y turistas foráneos.

Es frecuente verlo merodear por una oscura callejuela de lastre donde aparcan decenas de furgones, cuyos conductores, tras días de viaje, anhelan compañía.

Este muchacho se hace acompañar de otros menores, algunos de los cuales, estima la Policía, aprovechan descuidos para apoderarse de maletines, ropa y billeteras.

EL DRAMA DE LAS NIÑAS

A las niñas las llaman “chicleras”, porque durante parte del día venden goma de mascar a traileros y cientos de personas que hacen fila en Migración y Aduanas en las cercanías del puesto fronterizo con Nicaragua. Pero ese no es tampoco su oficio real.

Así burlan a la Policía y se dedican también a la prostitución.

Según constató el diario La Nación, los clientes son abundantes y el “negocio” floreciente. A cualquier hora.

DIEZ NIÑAS

De acuerdo con informes de vecinos y autoridades, un grupo de 30 personas, la mayoría mujeres, se prostituyen diariamente en Peñas Blancas, entre ellas al menos diez niñas que venden sus cuerpos para sobrevivir.

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