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Hay que bailar marimba
Anne Pérez Rivera
La autora es licenciada en Ciencias de la Comunicación.

Debo confesar que siempre he gozado con aquellas mujeres y hombres, de todas las edades, que con entusiasmo, lindas sonrisas y coloridos trajes bailan las famosas canciones típicas de la marimba en un gran esfuerzo por conservar lo que es nuestro, de los nicaragüenses.

Por mucho tiempo he sido así. He sido como la inmensa mayoría de los nicaragüenses. He disfrutado viendo el esfuerzo de los demás para conservar nuestra cultura, pero he hecho muy poco para contribuir a esa noble causa, al menos muy poco para conservar la danza nacional.

Sin embargo, hace algunos días todo cambió. La talentosa profesora Ada Ortiz y el personal de la Escuela de Danza promovieron ese cambio en mí, enterraron esa “espina” que me hizo pasar de observadora a observada. Y en esa transición fui una de las doce discípulas escogidas para ser de aquellas inditas, o sea, para bailar la típica canción que enaltece la belleza de las nicaragüenses: Aquella indita.

Nunca creí que promover la música y el baile nacional, bailando, fuera fácil. Pero, honestamente, tampoco imaginé que fuera tan difícil como efectivamente lo fue.

El entusiasmo inicial fue mucho. Pero el cansancio de las largas horas de prácticas, los errores continuos de la mayoría de nosotras, bailarinas primerizas, el temor a llevar ese escurridizo canasto que se empeñaba en caerse y hasta el costo por los trajes opacó momentáneamente la ilusión de esa primera presentación en el magnífico Teatro Nacional Rubén Darío.

Después de dos meses todo fue superado. La presentación salió tal y como la esperábamos en la novena edición de A bailar se ha dicho, el show anual de la Escuela de Danza. Ningún canasto se cayó, todas estábamos maquilladas y vestidas radiantemente. La emoción fue tan grande después de la presentación que hasta tuvimos que hacer un gran esfuerzo para no gritar de emoción al terminar la danza, aunque en realidad acallamos nuestros gritos de alegría porque el resto de los docentes nos llamaron la atención.

Días después del show, más descansada y con un buen sabor de ese primer baile, entendí algo elemental: cada nicaragüense debería bailar nuestra música nacional al menos una vez en su vida.

No es que estemos obligados a pasar por el miedo de una presentación tan espectacular en el Rubén Darío. Pero, cómo podemos promover, mostrar y defender nuestra marimba si ni siquiera la bailamos. Cómo podríamos enseñarle a nuestras generaciones el gusto por lo que es nuestro, si no lo hacemos nuestro, si sólo lo vemos, pero no lo sentimos en el cuerpo.

Acaso podría alguien autollamarse “ciento por ciento pinolero” si por más que estudie y conozca la nicaraguanidad nunca ha bailado marimba. Yo creo que no, y por eso creo que es importante aprender a disfrutar viendo y bailando.

Yo ya di ese primer paso y aunque no vuelva a bailar en el teatro, al menos lo haré en mi casa.

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