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España, Latinoamérica y la Síntesis Viviente
Martín Santiváñez Vivanco
El autor es Director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas y Miembro Correspondiente por el Perú de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de España
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Cuando juzgó que la muerte lo envolvía en su manto sombrío y que pronto, muy pronto, habría de rendirle cuentas al Supremo Creador, don Pedro Antonio Fernández de Castro, Décimo Conde de Lemos, Virrey de la muy noble Corte del Perú, ordenó que su corazón, ese músculo enorme que por entonces lo traicionaba, permaneciese sepultado en Lima, la Ciudad de los Reyes, las tres veces coronada Villa, dama presuntuosa de pompa y oropel que fuera cómplice de sus años mejores, época dorada en la que su cetro justiciero gobernó el reino más poderoso de la gloriosa Corona española. Y allí, todavía, trescientos años después, reposa inmaculado, en medio del barroco más bello del continente, en la Iglesia de San Pedro, en Lima, su idolatrada Lima, centro y raíz de los Andes, esas moles pétreas que alguna vez, en tiempos felices, formaron parte de un gran Imperio en el que nunca, nunca se ponía el sol.

Esta imagen entrañable de un español que ama apasionadamente a Nuestra América y que se siente tan criollo como peninsular se impone a la historiografía parricida y marxista que ha intentado, infructuosamente, a lo largo de los siglos y desde el nacimiento de las repúblicas, distanciar los corazones de la madre patria de —citando a Rubén Darío— los mil cachorros sueltos del León español.

Ante un aniversario más de la hispanidad y ad portas del bicentenario de la independencia de América Latina urge reconsiderar ciertos tópicos que trascienden la demagogia ramplona con que suelen adornar sus discursos los políticos. No son los lazos comerciales ni los intereses fenicios los que unen indisolublemente a España con Latinoamérica. Ni la presencia todopoderosa de las empresas ibéricas, ni la diplomacia de las Cumbres —tan estéril como pintoresca, gracias a Hugo Chávez— se equiparan al idioma de Cervantes y a la Cruz del Cristianismo. Pese a la enorme influencia de los Estados Unidos y de otras comunidades que han enriquecido nuestra cultura con tradiciones tan milenarias como respetables, seguimos rezando en castellano. Y estamos orgullosos de ello.

Víctor Andrés Belaunde, el diplomático e intelectual peruano que presidió la Asamblea General de la ONU en 1959, acuñó un término acertado para definir la esencia de nuestros países: “síntesis viviente”. Y, en efecto, eso somos, la síntesis viviente de varias culturas, la hispana y la indígena de manera preeminente, pero también, la mixtura exquisita de tantos y tantos pueblos que han venido a morar en medio de nosotros. Una síntesis inacabada, majestuosa, en perpetuo devenir, que recoge las mejores tradiciones de cada nación y también, por qué no —lamentablemente—, las taras y vicios de la condición humana.

Con la misma valentía con la que sus antepasados recorrieron el sendero inverso, los inmigrantes emprenden odiseas marcopolescas y empresas colosales. Y se produce, entonces, el bendito mestizaje, la síntesis viviente de culturas y valores que apuntala la prosperidad de las naciones, la grandeza de los ideales y la renovación de las ciudadanías, eternizando la hermandad entre los pueblos de buena voluntad. Por ello, precisamente por ello, perturba contemplar cómo los partidos políticos instrumentalizan la inmigración, convirtiéndola en moneda de cambio de programas coyunturales y cortoplacistas. Estamos a años luz de la Constitución de Cádiz que consagró, por ejemplo, la igualdad de derechos de peninsulares y americanos y una única y grandiosa nacionalidad. Hoy, por el contrario, tenemos que soportar medidas exacerbadas que provocan el resentimiento de Latinoamérica, la directiva de la vergüenza sobre el retorno y las barreras para la reagrupación familiar, sin ir muy lejos. Enfangados como estamos en un contractualismo posmoderno que pretende regular las relaciones jurídicas entre naciones gemelas, olvidamos que, cuando media la sangre, estorba la ley. O, lo que es lo mismo, parafraseando a Cicerón, silent leges inter fratres. Entre hermanos, ¡por favor!, que callen las normas abusivas.

Hay una síntesis viviente que juntos podemos construir en tierras ibéricas. Es un reto fabuloso, una utopía indicativa por la que vale la pena apostar. Dos millones de latinoamericanos que viven y sueñan en la madre patria han llegado para quedarse, a pesar de los programas de retorno y las promesas fariseas de los ministros de turno. España se ha convertido, para nosotros, en la última frontera de un mundo cada vez más ancho y ajeno. Porque estamos en casa y nos sentimos españoles —tanto como el Conde de Lemos se sentía americano—, aspiramos a una vida plena y a una sepultura digna, si no en los santuarios indianos que refulgen con la plata inagotable de los Incas, sí en la Basílica de la Virgen del Pilar, esa opus magna que edificó la hispanidad cosmopolita y que custodia, como madre poderosa, los nobles estandartes de veinte países hermanos. Allí tendríamos que quedarnos todos. Allí, por mi parte, me gustaría permanecer, confundido con la gente, en un solo abrazo, sintiendo el ruido inmenso de Hispanoamérica, cual fragor eterno de un solo corazón.

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