En medios políticos de oposición, partidistas e independientes, se ha comenzado a considerar la idea de construir una nueva Unión Nacional Opositora (UNO), como la de 1989 que derrotó a Daniel Ortega en las elecciones del 25 de febrero de 1990, para enfrentarlo otra vez desde ahora mismo, pero sobre todo en las elecciones de 2011, a fin de impedir que pueda instaurar otra dictadura.
Por supuesto que no es posible recrear exactamente la UNO de 1989-1990, pero sí es factible y además indispensable formar una gran alianza democrática nacional que sea capaz de derrotar al autoritarismo orteguista. En términos generales se podría decir que formar la UNO de 1989 fue más difícil que lo que sería ahora crear una amplia alianza democrática contra el orteguismo. En 1989 todo el sandinismo estaba unido en el FSLN, alrededor de su Dirección Nacional y bajo el liderazgo personal de Daniel Ortega. La oposición al sandinismo estaba formada básicamente por tres corrientes: una, que apoyaba políticamente a la Contra y consideraba que sólo mediante la lucha armada se podría derrocar al régimen sandinista; otra, que no estaba de acuerdo con la guerra contrarrevolucionaria y consideraba que al régimen sandinista se le podía derrotar electoralmente, e integrarlo a la democracia, no exterminarlo; y una tercera, más pequeña pero significativa por el contexto histórico de aquella época, que estaba ubicada más a la izquierda del FSLN, exigía una mayor radicalización de la revolución y rechazaba tanto a los partidos democráticos como a las fuerzas contrarrevolucionarias.
La formación de la gran unidad democrática contra el sandinismo, comenzó a ser factible y a vislumbrarse cuando Daniel Ortega se vio obligado a firmar los Acuerdos de Esquipulas II, en agosto de 1987 y se comprometió a facilitar un proceso de reconciliación nacional que desembocara en unas elecciones libres, vigiladas internacionalmente.
En el marco de los Acuerdos de Esquipulas II, todos los partidos de oposición cívica, salvo los de extrema izquierda, lograron ponerse de acuerdo alrededor de 17 demandas de reforma constitucional. Después las convirtieron en el Programa de Gobierno de los 14 partidos que integraron la Unión Nacional Opositora (UNO), escogieron como candidata presidencial a doña Violeta Barrios de Chamorro y se presentaron unidos, aunque envueltos en una red de contradicciones a las elecciones del 25 de febrero de 1990, en las que derrotaron a Ortega y al FSLN.
Las condiciones políticas de ahora son parecidas pero al mismo tiempo distintas a las de 1989-1990. La dictadura de partido que encabezaba Daniel Ortega en aquella época, se ha convertido o se está convirtiendo en una dictadura personal de entorno conyugal y base oligárquica, que se parece más al somocismo, pero empeorado con rasgos fascistas, que a la dictadura revolucionaria de los años ochenta. Debido a esta degradación orteguista del FSLN, en la oposición están ahora no sólo los sectores tradicionales democráticos, de derecha y de centro, sino también una beligerante izquierda sandinista que ha evolucionado a posiciones socialistas democráticas, parecidas a las que han habido en Europa Occidental y las hay ahora en Brasil, Chile y Uruguay.
Pero el orteguismo, por su naturaleza somocista y fascista reprime tanto a los sectores democráticos de derecha como a los de izquierda. Es más, a los sandinistas democráticos los está persiguiendo con mayor saña, porque los considera traidores al no querer someterse al dominio personalista, conyugal, familiar y oligárquico de Daniel Ortega.
De modo que ahora la base social, política e ideológica de repudio al orteguismo es más amplia que la oposición al sandinismo de los años ochenta. Lo que tiene a su favor Daniel Ortega, además de la plata petrolera de Hugo Chávez , es la complicidad de un sector religioso que lamentablemente ha dado la espalda a su antiguo compromiso con la libertad y la democracia, así como la posibilidad latente de renovar el pacto con Arnoldo Alemán y la cúpula arnoldista del PLC, el cual ya ha tenido nefastas consecuencias contra la democracia y la libertad pero si se renueva podría tener peores efectos.
En conclusión, no sería fácil pero tampoco demasiado difícil y mucho menos imposible formar una amplia alianza democrática nacional antiorteguista. Las condiciones y las bases para crearla, existen. Es cuestión de comenzar a trabajar en ella.