En su trabajo, Libros. Todo lo que hay que leer, la autora alemana Cristiane Zschirnt, al referirse a Max Weber y su obra: La ética protestante y el espíritu del capitalismo, señala los nexos de causa y efecto entre el protestantismo y el florecimiento del capitalismo, en los Países Bajos y el Reino Unido, en el siglo XVII, destacando el papel del reformador protestante Juan Calvino y su frase: “Hazte rico para Dios; no para llevar una vida lujosa”.
Los sucesores de Calvino colocaron al trabajo arduo y la frugalidad de la vida terrenal, como requisitos necesarios, para optar a la vida eterna. El trabajo y la rutina diaria es el estilo de vida monástico, que luego definiría Weber como “ascetismo intramundano”. Nuestra diaria labor es una especie de vida monacal, en un convento, llamado empresa.
Es así como la acumulación de riqueza producto del trabajo diario, constante y honesto, junto a una vida caracterizada por la sobriedad en el consumo, no es estigmatizada como pecaminosa. Fue así como se creó el espíritu capitalista, fomentando la práctica diaria de virtudes personales, como el trabajo tenaz, sobriedad en el disfrute de los placeres terrenales, ahorro y austeridad, espíritu de apertura a los cambios del entorno; virtudes fundamentales olvidadas en nuestro tiempo.
La actual crisis mundial, hipotecaria en sus inicios, financiera en sus consecuencias y feroz en sus resultados, en la economía real, del consumo, inversión, gasto de gobierno, exportaciones netas, desempleo e inflación, no es consecuencia del capitalismo en su primera y verdadera acepción, sino de una retorcida y truculenta orgía de consumo y avaricia de los menos, a costa de los más. Es la corrupta complicidad que subyace al ser humano, cuando no se le pone límites y acepta lo que no debe y/u otorga, lo que no conviene (préstamos que no se pagarán), o dicho de otra forma mas técnica y elegante, emiten “deuda tóxica”.
Las grandes corporaciones crediticias del primer mundo crearon verdaderas “ruletas rusas” crediticias, cuya bala mortal ya fue disparada al centro mismo del corazón del “mercado de la codicia”, bajo la miope mirada de las instituciones calificadoras del riesgo y las pusilánimes e “ingenuas” firmas aseguradoras. Hoy, todas ellas, se mueven en traicioneras arenas movedizas, en donde entre más se mueven más se hunden. Éste es el corolario de haber transgredido las reglas básicas del capitalismo, que en su esencia primera, resumo en las 4Ps de la vida que aplico a lo que aquí concierne: Pasión, perseverancia, paciencia y prudencia.
En el pecado está la penitencia y es que “cuando de dinero se trata, todos somos de la misma religión”, dijo Voltaire doscientos cincuenta años atrás, o como lo dice hoy Cristiane Zschirnt cuando menciona que “Mientras el católico va a la iglesia. El protestante va a trabajar. El católico santifica el domingo. El protestante santifica el día de labor. El católico se hace monje, se retira al convento y se ejercita en la práctica del ascetismo. El protestante se convierte en un adicto al trabajo, desarrolla su carrera y practica el ahorro. Los santos de la Iglesia católica viven en el reino de los cielos e interceden ante Dios, por los habitantes de la Tierra. Los santos del protestantismo habitan este mundo y fundan empresas multinacionales, en el transcurso de una generación. Si peca el católico, dispone de la confesión. El protestante tiene un montón de deudas y ninguna confesión. Debe trabajar”. Ahora, a moros y cristianos, católicos y protestantes, musulmanes y budistas, no nos resta más que eso, trabajar. Vivir austeramente y trabajar honestamente: sector público y privado, reglas básicas en que se fundamentó el nacimiento del “espíritu capitalista” en su real y verdadera acepción.