“Lo que es malo en la moral, es también
malo en la política”. Rousseau
El problema de la moral es fundamentalmente humano. La moral puede ser individual o colectiva. La política pertenece a este segundo grupo, ya que el político, que es el hombre que busca el poder, cuando lo alcanza, debe tener como objetivo gobernar por el bienestar de todos los ciudadanos de un país. Ésta es una responsabilidad muy grande, noble y harto difícil de llevar a cabo para algunos, por la falta de aptitudes generales, de preparación administrativa, técnica o cultural, y principalmente por la carencia de sólidos valores morales de tales ciudadanos, que pretenden llegar a ser altos funcionarios de un país.
Profundas y notorias deficiencias intelectuales, así como de moral y cívica, les impide a este tipo de ciudadanos hacer un buen gobierno, con grave perjuicio y detrimento para el pueblo, que estará sometido a su incapacidad natural para gobernar y peor aún, a la ausencia de sus indispensables virtudes morales.
Las ciencias políticas, la ética y la moral deben ser impuestas condicionalmente por el pueblo a sus gobernantes —vigilando sus antecedentes políticos y personales—, antes del inicio de su gestión durante su gestión y después de su gestión.
La paz y la moral constituyen un valioso activo intangible para cualquier nación y son indispensables factores de desarrollo y de progreso para los pueblos, como lo demuestra palmariamente la experiencia y el ejemplo de los más avanzados países del orbe, que según recientes estadísticas mundiales, son también en los que “brilla” la ausencia de la corrupción, los más sanos y ejemplares, moralmente hablando.
El despilfarro en un gobierno, ya no se diga en un país pobre, puede, simuladamente, ser una variante de la corrupción, si ésta beneficia a funcionarios de Estado en forma de megasalarios, megapensiones y sinecuras, porque se favorece paladinamente a una minoría de la población a costa de los impuestos de la mayoría, derivando en evidente injusticia social disfrazada de matices legales.
Los mismos megaasalariados y megapensionados vitalicios, cuando van a recibir su opíparo y desproporcionado cheque mensual, pudieran sentir alguna inhibición natural, al reconocer seguramente, que el hombre es un ser gregario por naturaleza y por muy egoísta que sea de alguna manera advierte la presencia y la censura de sus semejantes y de que nunca podremos ser felices si vivimos regiamente, pero a costa de la desdicha, la limitación y la miseria de los demás.
Según Aristóteles, la felicidad (eudaimonía) es el supremo bien del hombre y es a la que éste debe dirigir sus objetivos. La felicidad colectiva es la suma de las felicidades individuales. Por lo tanto pensamos que el Estado debe contribuir mayoritariamente a la felicidad del hombre.
La felicidad de que habla Aristóteles, en su acepción colectiva, pudiera interpretarse modernamente con el trillado “bien común” y hacia esta noble aspiración, deben orientarse los dirigentes políticos. No puede concebirse un buen gobierno si no se ejerce en aras del bienestar, la paz y la seguridad a todos los ciudadanos.
La moral es inmanente de la acción política, debe serlo, porque la falta de moral conduce fácil e inevitablemente a la corrupción. Ésta es más difícil de combatir en los países pobres, porque la pobreza implica indefensión, apatía, desamparo y a mayor pobreza, mayor impunidad y corrupción.
El problema de Nicaragua ha sido y sigue siendo eminentemente moral, derivado de una política conflictiva, enfermiza e injusta en todos los aspectos. La miseria material se combina lastimosamente con la gran pobreza —o miseria moral también— de los políticos, de los gobiernos corruptos, aunado a la ineficiencia de los mismos, porque se puede ser corrupto y paralelamente amigo del progreso y del desarrollo, y así han dado el ejemplo algunos dictadores déspotas de la historia de América, como Pinochet, pero todo caso específico es analizable para juzgar si el avance económico y social que pueda alcanzar un régimen de esa naturaleza, justifica el pago de un elevado costo en vidas humanas, abominaciones y genocidios que sufren los opositores a un oprobioso régimen dictatorial.
A mayor indiferencia y apatía del pueblo, mayor será el descalabro, el atraso y la infelicidad que produzcan los ineptos e inmorales gobernantes, como la historia se ha encargado de demostrarlo. Pero algo más expresó sabiamente Napoleón Bonaparte:
“Los pueblos se salvan de todos sus reveses, excepto de aquél en que consienten su oprobio”.
Ahí está el “quid” del asunto: No permitir que seamos abrumados por el oprobio, porque así no esperaremos salvación.