“Para los amigos plata, para los enemigos plomo, para los indiferentes palo”…
Esta fórmula atribuida al fundador de la dinastía de los Somoza parece guiar la “razón de Estado” que inspira al matrimonio en el poder en su afán de “roll back” histórico que pretenden imponernos. Ya no se trata de regresarnos a la década de los ochenta sino a la época dictatorial somocista, metiendo a la sociedad en una camisa de fuerza que le impida el ejercicio de sus derechos humanos, civiles y políticos básicos.
En nombre de la revolución (¿¡cuál!?) y del socialismo del siglo XXI traen a la práctica lo más rudimentario de los métodos somocistas: nicolasismo, clientelismo, servilismo, chantaje de alto nivel, terrorismo de Estado para acallar las críticas legítimas y normales en cualquier sociedad civilizada. La consigna es ahora ¡Muerte a la inteligencia! Sólo “el líder” puede brillar con luz propia, los otros, los demás guarden silencio cómplice o perezcan en la hoguera del neotorquemadismo.
Con la pérdida del poder en el noventa los sandinistas diseñaron una estrategia científica y perversa: inviabilizar a los gobiernos de turno, demostrar que la democracia representativa y la economía de mercado no sirven para nada. Que “el capitalismo salvaje”, el imperialismo y la CIA son los responsables de todos nuestros males nacionales. Ese cuento y una política combinada de chantajes y alianzas les redituaron al final convertirse en el partido que mejor usó violentamente los propios espacios de libertad y democracia que ahora nos niegan a todos, con la justificación de que cualquier acción cívica, toda manifestación opositora se inscribe en los planes de la CIA y el imperialismo para desestabilizarlos. Estamos ante un poder que aplica el concepto leninista clásico de “democracia dirigida” con la idea básica de la verticalidad.
Los hechos violentos ocurridos en la ciudad de León constituyen una muestra clara y grave de la manera en que están viendo a Nicaragua: un territorio en guerra, Clausewitz al revés, pues ahora “la política es la continuación de la guerra por otros medios”. No importan las flagrantes violaciones de los derechos humanos, civiles y políticos de los nicaragüenses. Estos hechos confirman el empecinamiento del matrimonio gobernante y del partido FSLN en precipitar a nuestro pueblo en formas de confrontación extremas, de acuerdo con la naturaleza dictatorial de su gobierno.
Es evidente el carácter neodictatorial y neosomocista, en los cuales se inspira la pareja presidencial. Su proyecto implica violentar la institucionalidad de la Policía Nacional convirtiéndola en un tentáculo del partido FSLN, que en lugar de proteger a la población civil actúe como instrumento represivo y letal. Igual rol pretende asignarle al Ejército nacional, convirtiéndolo en una guardia pretoriana al estilo de la extinta Guardia Nacional somocista.
Esta estrategia del terror tiene como único fin desmovilizar y atemorizar a la población a fin de imponernos un régimen corporativista y fascista. De esa manera, el clan familiar y partidario del FSLN, irónicamente, realiza el fenómeno regresivo de un “somocismo sin Somoza” con su acompañamiento de turbas neonicolasianas con fondo de consignas y canciones “seudo-revolucionarias”.
La gestión administrativa del comandante Daniel Ortega, hasta el presente, no le ha traído paz, unidad ni felicidad a nuestro pueblo sino, al contrario, ha creado y sigue alimentando un clima de confrontación, de frustración y de discordia.
(Este artículo lo escribí en septiembre, Mes de la Patria, no del partido)