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Cuando el odio es más fuerte que el amor
Martín Santiváñez Vivanco
El autor es Director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas (España)
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Si alguno pensaba, candorosamente, que ante la Iglesia del Monte Tabor de Nicaragua Daniel Ortega, el Mesías sandinista, se transfiguraría en un estadista de fuste y anunciaría la reconciliación nacional, ha errado del todo, incluso rozando el anatema. Para un marxista convicto y confeso como nuestro Comandante, la democracia no pasa de ser un formalismo vacuo que viste pero no convence. Ni las legiones celestiales de la oposición, ni el hartazgo que produce su política fratricida lograrán que un ex guerrillero que traicionó las esencias del sandinismo ceda una cuota de poder aut concilio aut ense. Y menos en la capital. Managua bien vale una misa. O, en este caso, un aquelarre anarquista.

Ortega es un auténtico fénix de la política centroamericana. Como Alan García, su antiguo compinche de ideología, ha retornado al gobierno pactando con el zorro de arriba y sobornando al zorro de abajo. Sin embargo, a diferencia del peruano, de Lula o Bachelet, Daniel “O”, al llegar al poder, renegó de sus promesas centristas, abjuró de su retórica de consenso y abrazó, con pasión turca, su antiguo radicalismo. El sandinismo, bajo su férula, se ha convertido en una suerte de neo somocismo, una especie de Kuomintang tropical que amenaza con pervertir para siempre el destino de un país de gentes amables y guerreros justicieros. Pese a todo, la elección del domingo 9 refleja un cambio de rumbo. Nicaragua despierta lentamente del sopor orteguista y se enfrenta a un apparatchik financiado desde Caracas y sostenido ideológicamente por La Habana. Sus socios, debilitados por sus respectivos frentes internos, esta vez no pueden ayudarle. Para variar, Ortega no aprende. Tuvo, ante sí, la oportunidad perfecta para conducir a su país a una nueva era de bipartidismo y prosperidad. De democracia y libertad. Por el contrario, ha decidido emplear, ante esta crisis institucional, los mismos métodos estalinistas que él denunció con fervor hace décadas mientras su brazo libertario empuñaba el fusil de la revolución. De guerrillero a represor. ¡Qué viva la reacción! Increíble. Nicaragua está partida. Una vez más.

La conciliación edulcorada que el sandinismo propició con el resto de fuerzas políticas tras llegar al poder ha sido rota por una galopante realidad. Ni los petrodólares de Chávez ni los tiernos escarceos de Ortega con China y los enemigos de Estados Unidos lograrán blindar al Gobierno de la crisis global. Es tarde para aplicar políticas de contención. Menos aún si el orteguismo ha propiciado, una vez más, un reparto corrupto de prebendas y sinecuras. Estamos, pues, ante la vieja piñata y los mismos traviesos de la mochila azul. Casi la mitad de los nicaragüenses han tomado conciencia del sino fatal que rodea al régimen y del halo populista y megalómano de un hombre que tras cambiar la historia de su país ha retornado para agravarla.

La rebelión de las masas que favorece el orteguismo no es más que una burda táctica populista a la que los dictadores siempre han apelado cuando el ocaso se vislumbra en el horizonte. Tomar la calle es la táctica preferida del socialismo del siglo XXI. Ahora resulta que cualquiera que duda de la legitimidad de los métodos orteguistas no pasa de ser un peón de Washington. ¡Por favor! José Miguel Insulza —no es un santo de mi devoción, todo hay que decirlo— puede ser sujeto de mil calificativos, cómo no, pero sin duda no es un agente del intervencionismo yanqui o un defensor del destino manifiesto de los Estados Unidos. La OEA hizo, por una vez, lo que tenía que hacer: invocar la Carta Democrática Interamericana e intentar una componenda equitativa. Razonable. Sin embargo, con Ortega y sus capitanes, un pacto de caballeros es poco menos que improbable. Un hombre que abandonó el poder y tardó tres lustros en recobrarlo no cederá ante la presión externa. No esta vez. Cuenta con el aparato de un partido secuestrado y la complicidad metodológica de una izquierda radical que gobierna en varios países clave, todos ellos aliados de su talante. En este pulso de poder, en esta guerra de posiciones, Ortega no está solo contra el mundo. He aquí el porqué de sus bravuconadas diplomáticas. Y del alarde de sus milicias juveniles.

Por ello, la resistencia que lidera Eduardo Montealegre ha de ser apoyada por los demócratas de todos los bandos. Los soviets suburbanos que dirige Rosario Murillo —consorte de Ortega y poder tras el trono— ostentan, irónicamente, un lema evangélico de unión y concordia: “El amor es más fuerte que el odio”. Sí. Claro. De eso, no hay duda. Sólo que esta vez, a garrotazos, con barricadas y lanzallamas, el “amor” wertheriano del FSLN pretende imponerse al Partido Liberal Constitucionalista. Y, de paso, a millones de nicaragüenses. ¡Menudo argumento para un poema de Cardenal!

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