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Noticias >> Opinión
Había una vez un pueblo…
Fabio Gadea Mantilla
El autor es director de Radio Corporación
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Querida Nicaragua: Había una vez un pueblo perseguido por una maldición al parecer irremediable. Se repetía continuamente en su historia. Hechos cruentos ocurridos en determinado tiempo y luego superados por el heroísmo de sus hombres y mujeres después de ríos de sangre, sufrimientos y angustias sin límites, volvían a repetirse como una condena trágica grabada en piedra sobre las páginas de su historia.

Nacían y morían en lucha permanente por la esperanza de una vida libre y feliz sin poder alcanzarla nunca, pues apenas se vislumbraban los albores de nuevos días de paz, justicia, libertad y bienestar, surgía de nuevo la mala levadura del hombre, el mal pensamiento de creerse dueños de la nación, los endiablados pactos, el apego al erario nacional, las ambiciones, las traiciones, los asesinatos y el desprecio por todos aquellos valores que los habían llevado a la guerra.

Aquel pueblo estaba dividido en dos bandos. Cuando uno de ellos estaba en el poder, el otro sufría todo género de vejámenes.

Años y años de luchas, enconos y guerras habían dejado en ruinas al pueblo. Campos desolados, surcos convertidos en tumbas, aguas contaminadas, caminos lamentables, casas destruidas, familias en la miseria.

La situación llegó a tal grado que ni los que estaban en el poder tenían para la subsistencia y menos aún los que no lo estaban. La nación había retrocedido hasta el extremo de tener que alumbrarse con candiles a falta de luz eléctrica y de tener que tomar agua de los pozos pues los servicios públicos habían colapsado y ninguna nación quería hacer tratos ni convenios con quienes vivían en perpetua guerra.

Un día se juntaron cuatro ciudadanos respetables, respetables a pesar de ser miembros de los partidos políticos causantes de aquella desgracia. Curiosamente la adversidad los había llevado a cambiar de actitud y de carácter. Se vieron y pudieron estrecharse las manos sin aversión alguna, más bien con algo de alegría y contento.

Y dijo el más anciano de ellos: ¿Alguien puede decirme por qué razón nuestro país que cuenta con tantas riquezas está convertido en una ruina?

Y dijo el otro: Porque no hay campos cultivados, ni hombres que posean tierra para cultivarla, ni confianza para poder salir libremente por campos y caminos sin el peligro de ser reclutado para la guerra.

Y dijo el tercero: No hay legisladores ni congreso. Y cuando había leyes no se respetaban. No hay estado de derecho y cada quien se toma la justicia por su propia mano.

Y dijo el último de los ancianos: Ciertamente hace falta todo eso, pero hay dos cosas esenciales. La producción de alimentos y la enseñanza en las escuelas.

Hagamos un gobierno sin armas, un gobierno de paz y armonía, juntemos a toda la población y démosle cuanto antes tierras para cultivar. Abramos muchas escuelas y comencemos a enseñarles a los niños que lo peor para un país es la violencia, esa peste llamada guerra que hace miserables a los pueblos. No más revoluciones, ni gritos, ni consignas, ni revueltas. Todo el mundo a estudiar y a trabajar, así tendremos un país ejemplar en donde todo problema se arregle por medio de la palabra, del diálogo.

Y comenzaron a formar su nuevo país.

No sé si esto fue un sueño o si hace unos setenta años me lo contó mi abuelo materno, pero cómo quisiera que fuera realidad y que todos juntos pudiéramos rehacer nuestro atribulado país.

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