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Aclaración sobre la verdad histórica
Antonio Lacayo
El autor es Ingeniero, fue Ministro de la Presidencia
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Escuché el discurso del presidente Ortega cuando celebró el anuncio del magistrado Rivas, quien abusó de su poder y otorgó 105 alcaldías al FSLN a pesar de que el PLC obtuvo más votos totales a nivel nacional, de acuerdo con los conteos independientes.

Según Informe Pastrán, un noticiero independiente, Ortega dijo que es duro perder las elecciones y aceptar los resultados, “máxime cuando uno sabe que se robaron las elecciones, que no fueron limpias y que hubo injerencismo”, y que a él no se le ocurrió en 1990 el 25 de febrero “llamar al pueblo a insurreccionarse para anular las elecciones”, sino que al día siguiente aceptó los resultados.

Insinúa el Presidente que en 1990 la UNO y doña Violeta “le robaron” las elecciones, “que no fueron limpias”, y que hubo “injerencismo”.

En 1990, tras diez años de guerra, dictadura y descalabro económico, los nicaragüenses fuimos a las urnas para escoger entre el Frente Sandinista que ofrecía “Todo será mejor”, y la Unión Nacional Opositora que pregonaba “Uno SÍ puede cambiar las cosas”.

Pero si alguna vez hubo una campaña desigual, fue aquélla. Mientras la UNO hizo la suya con las uñas, modestos aportes de un pueblo empobrecido, un sector empresarial confiscado, y un exilio en dificultades, el FSLN la hizo derrochando irresponsablemente los recursos del Estado, de la misma forma ilegal y desvergonzada con que actuó en estas municipales.

Además, el Consejo Supremo Electoral de esa época, y todos los presidentes y miembros de JRV, eran del FSLN y partidos aliados, salvo algunas honrosas excepciones. Lo único a nuestro favor fue la recia y recta personalidad de algunos magistrados, como su presidente, Mariano Fiallos Oyanguren, incapaz de falsear la verdad.

Y sobre el injerencismo, pareciera demencial que Ortega se olvide ahora que el mayor injerencismo que teníamos entonces era el de la Unión Soviética, con una tropa de generales rusos viviendo en el reparto Serranías. Estos militares, más cientos de alemanes comunistas, búlgaros y cubanos, estaban incrustados en el Ejército Sandinista, el Ministerio del Interior, la Seguridad del Estado, y otras instancias del Estado para vigilar, amedrentar, reprimir, encarcelar y hasta asesinar líderes de la oposición.

La UNO tuvo apoyo de Estados Unidos únicamente para capacitación de nuestros fiscales de JRV. Estaba expresamente prohibido utilizar dichos fondos para propaganda o movilizaciones.

Atenta contra la verdad histórica venir a decir ahora que la UNO le robó las elecciones del noventa. Aquellas históricas elecciones las ganamos limpiamente 55 a 41 por ciento.

Fue tan clara nuestra victoria que cuando en la madrugada siguiente Ortega aceptó su derrota, dijo que la mayor victoria de la revolución era “abrirle hoy a Nicaragua un nuevo camino de democracia, paz y estabilidad”. Y añadió: “El Presidente y el Gobierno de Nicaragua van a respetar y acatar el mandato popular emanado en estas elecciones”.

Es una lástima que en la celebración del día 21 haya tirado a la basura esas positivas declaraciones que contribuyeron entonces a forjar la democracia nicaragüense.

Ortega inventa ahora robos en el noventa y otras elecciones posteriores para justificar el inmenso fraude en estas primeras elecciones que él preside como Presidente de la Nicaragua democrática que tenemos desde 1990.

Pero aunque hubiesen existido esos robos, nada justifica el que ahora haya ordenado al Consejo “ganar a cualquier costo”, al extremo que el Consejo haya tenido que esconder 666 actas de JRV en Managua, cuyos resultados jamás publicó en ningún medio, en abierta violación a la ley, y que hacen perder al FSLN en Managua y a nivel nacional.

Ortega demuestra, con lo que ha hecho, que nunca entendió la democracia, que cuando aparentó acogerla simplemente fingió, y que continúa haciendo suya aquella filosofía de “firmar me harás, pagar jamás”. Ortega muestra al mundo entero, y a los nicaragüenses, que está dispuesto a reinstaurar la dictadura, traicionando la democracia conquistada en 1990.

Su capricho de quedarse con Managua y otras muchas alcaldías que el voto no le dio, ya enterró al actual Consejo Electoral. Nicaragua no irá a otra elección con estos magistrados. Pero Ortega también pone en peligro su propio gobierno de continuar empecinado en el “fraude a cualquier costo”. Nicaragua ya no tolera una dictadura. Los demócratas somos clara mayoría.

La única forma de quitarse la soga que se ha puesto al cuello es escuchar a los Obispos de Nicaragua y recurrir a la revisión y cotejo de las actas firmadas por todos en cada JRV, en presencia de observadores de prestigio.

De no hacerlo, el Gobierno entrará al 2009 a enfrentar el año más difícil de la década, en medio de una profunda crisis mundial, sin más respaldo que el de un dictador que tiene sus meses contados en Venezuela por la caída del precio del petróleo, y con una Nicaragua dividida, polarizada y enfrentada por una elección irrespetada. Y en ese caso, dudo que pueda terminarlo.

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