7 de diciembre de 1930. La población del Pacífico de Nicaragua asistía a los templos, pero principalmente a la Catedral para esperar las 6:00 p.m. y escuchar al Obispo gritar: ¿Quién causa tanta alegría?, y responder efusivamente: ¡La Concepción de María! Así se daba por inaugurada La Purísima Concepción de María, también llamada La Gritería.
Acto seguido los grupos de “gritadores” salían a las calles e iban cantándole a la Virgen canciones que se sabían de memoria. Algunos llevaban faroles para iluminar el camino. Entraban hasta la sala de cada casa en donde hubiera un altar —en ese tiempo no habían verjas—, cantaban dos o tres canciones y recibían su brindis o gorra.
Todo transcurría en orden y había mucha devoción. Así recuerda Mario Fulvio Espinoza la celebración de La Purísima en sus tiempos, los treinta y cuarenta.
COLORIDO, ALEGRÍA Y DEVOCIÓN
Este periodista y costumbrista cuenta que aquellos altares eran verdaderos “santuarios” de la flora nicaragüense. Flores de madroño, hortensias, san diegos, velillos y palmeras, perfumaban y adornaban la imagen de María, que generalmente era una estatuilla pasada de generación en generación.
La devoción también generaba trabajo para algunos artistas llamados “altareros”, quienes diseñaban los retablos, pintaban los telones con lindos paisajes campestres y cielos estrellados, y adornaban con guirnaldas y gongolonas —farolitos de papelillo—. En ese arte se destacaban don Policarpio Alemán y otro señor al que le llamaban “cuatro dedos”, según comenta Espinoza.
“Algunas purísimas eran acompañadas por orquestas como la Vega Matus y el Coro de Santo Domingo, que andaban de casa en casa cantándole a la Virgen”, agrega.
En el brindis se repartían confites, gofios, cajetas, huevos chimbos, ayote en miel y atoles que se servían en guacalitos que luego debían devolverse; frescos de chicha, pinolillo y cacao; frutas como naranjas y limas adornadas con una banderita, y un pedazo de caña de azúcar sin pelar.
Además, regalaban pitos, matracas, chischiles y maracas. Todo era ruido y alegría. Los niños se alegraban al recibir máscaras, indios, escobitas, maromeros y carretillas de palomitas.
LA DOBLETADA
En algunos pueblos como Nindirí existía la creencia de que quien preparaba La Purísima no se tenía que quedar con nada. Entonces la gente salía a pedir de nuevo el 8 de diciembre. Eso era conocido como “la santa repela”.
Blanca Guardado, directora del Ballet Folclórico Tepenahuatl, afirma que en los sesenta La Purísima aún mantenía toda la tradición que describe Espinoza, pero además recuerda haber visto altares llenos de incienso, rodeados de niñas vestidas de angelitos. Y agrega que en sus tiempos ya se tiraban las triquitraques, pero todavía no existían las “cargas cerradas”.
PURÍSIMAS DE PLÁSTICO Y POLITIZADAS
En la actualidad queda muy poco de La Purísima tradicional. Ahora los altares lucen decorados artificialmente, la música sale de discos, la gente ya no penetra en los hogares sino que estira la mano a través de una verja. En la gorra se reparten en su mayoría cosas de plástico, las cuales muchas veces pueden ser arrebatadas por delincuentes.
Para Mario Fulvio Espinoza esta celebración hoy en día tiene más de farándula que de devoción. “Pero es natural, la modernidad cambia la tradición y la globalización la está matando aun más. Lo plástico vino a reemplazar a lo aunténtico y lo ‘cherry’ a la devoción”, asegura.
Otro de los análisis que hace Espinoza es que la tradición religiosa se ha volcado hacia la propaganda política. “A todos los políticos les gusta incurrir en eso porque ahí encuentran una gran cantidad de votantes. Si no veamos las rotondas llenas de Vírgenes que no creo que estén ahí por devoción”, dice.
Y agrega que: “Esto está haciendo desaparecer la credibilidad de la gente en estas cosas, y además está aumentando el paganismo. La gente está volviendo hacia algo que ya se había superado”.
Por su parte, Blanca Guardado opina que la gente ya no valora que le den un gofio o un limón. “Ahora la gente quiere cosas que le cubran sus necesidades, como una cajita de fósforos, medio taco de jabón o una libra de arroz. Otros creen que una ‘buena purísima’ es esa donde les dan panas, manzanas, uvas y hasta chocolates”, puntualiza.