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Inclusión democrática y exclusión populista
Álvaro Taboada Terán
El autor es doctor (Ph.D) en Estudios Internacionales.
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El largo proceso de inclusión política en Estados Unidos dio otro extraordinario paso con la victoria electoral de Barack Obama. John McCain, con la elegancia y la entereza propia de un estadista y verdadero patricio, mencionaba en su discurso de reconocimiento de la victoria de Obama que se ha cerrado un capítulo clave en la prolongada lucha por justicia para la comunidad negra norteamericana. (En esa lucha, a través de la historia de Estados Unidos, fueron clave importantes sectores de la comunidad blanca estadounidense).

Tras conocer los resultados electorales, el senador McCain llamó a la unidad de todos los norteamericanos alrededor del nuevo Presidente. A pesar de las innegables diferencias políticas entre demócratas y republicanos, el senador por Arizona está consciente de que hay que unirse ante los enormes retos que acechan al país: dos guerras, crisis financiera, economía productiva o real en vías de estancamiento, gigantesco déficit fiscal, dependencia energética, bajísimas o nulas tasas de ahorro, etc.

El proceso de inclusión de la democracia norteamericana ha sido lento pero firme. Desde los tiempos iniciales de la república, que al igual que muchísimas otras sociedades permitió la terrible institución de la esclavitud, se desarrolló una dinámica incluyente, que abarcaba como en crecientes círculos concéntricos, a nuevos y mayores segmentos sociales. De esta forma, Andrew Jackson, al inicio de los años 30 del siglo 19, promovió los derechos políticos del hombre de la calle. Sin embargo, su tipo de democracia aunque incluía al ciudadano común y lo defendía de los banqueros, excluía a los negros y a los indios. Unos 30 años después, un admirador de Jackson (Lincoln) marcharía mucho más allá y suprimiría la esclavitud.

Pasarían muchos años más y sobrevendría en los años 60 del siglo 20 el movimiento por los derechos civiles de los afro-americanos y así, lenta pero inconteniblemente, con sus defectos y asimetrías, pero también con sus innegables virtudes, la sociedad norteamericana iba haciendo realidad en el área política la aspiración de “una nación bajo Dios”, “one nation under God”. Por lo dicho, y contrariamente a lo que muchos desean o piensan, la elección de Obama es un gran paso hacia esa mayor unidad en la diversidad, algo que perciben incluso los que no votaron por Obama por razones políticas legítimas, tales como el superior historial de servicio a la nación de McCain.

Lo expuesto hasta aquí puede ayudar a ver la revolucionaria comicidad de las declaraciones de algunos gobiernos iberoamericanos autoproclamados como neo-socialistas, gobiernos que se apresuraron (como lo hizo Venezuela) a decir que “la elección de Obama es una señal de que las revoluciones que estamos gestando ya están inspirando a la política estadounidense”. En realidad este tipo de procesos, llamados revoluciones por sus promotores, están generando discordia, exclusión, violencia palpable, lucha de clases estimulada por gobiernos irresponsables y hasta divisiones racistas en una iberoamerica cuyas mayorías hasta hoy se han preciado, con genuino y justo orgullo, de su mestizaje racial y cultural.

Poco antes de la elección del 4 de noviembre, Hugo Chávez (refiriéndose a Obama) dijo dos veces por televisión con evidente desprecio: “Si gana el hombre negro…” El problema aquí es mucho más serio que el de por sí condenable acto de despreciar a alguien por ser de determinada raza. El mayor problema es que, teniendo Chávez evidentes raíces africanas e indígenas, considere denigrante ser negro. Las expresiones de Chávez respecto a Obama parecieran revelar que Chávez se rechaza a sí mismo, que sufre de un grave complejo que compensa (al menos parcialmente) con agresividad, con fanatismo, con poses y voces teatrales, con sed de poder y riquezas en nombre “del pueblo” y del “socialismo”. Hoy ataca a un afroamericano y mañana a “los rabi-blancos” venezolanos.

El cultivo de estos peligrosos sentimientos dirige a estas sociedades a la fragmentación, a la exclusión, y finalmente puede llevarlas a la resolución violenta de sus conflictos. Todo esto marca un rumbo exactamente opuesto al que históricamente ha tomado la sociedad norteamericana, rumbo reiterado por la elección del 4 de noviembre del 2008. Por ello, mientras Estados Unidos se apresta a enfrentar sus problemas construyendo un haz de voluntades comunes, revisando los factores (incluida la corrupción de Wall Street) que lo han llevado a la crisis financiera, mientras mira al futuro con ansiedad pero con la fuerza que le da el ser una gran nación triunfadora, el neo-socialismo alegremente corrompe las instituciones, malversa los recursos nacionales y divide a las sociedades.

Por si lo dicho fuera poco, no existe un solo país que haya pasado del subdesarrollo al desarrollo siguiendo modelos socialistas. No es, por lo tanto, difícil ver que los delirantes proyectos populistas no son los que “ya comienzan a inspirar a Estados Unidos”, como lo expresara con singular humor bolivariano la Cancillería venezolana. Por el contrario, las naves neosocialistas de la sufrida iberoamérica van bogando en dirección opuesta a las de las naciones más prósperas y libres del planeta.

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