Mucho se habla ahora de que las fuerzas políticas de Nicaragua ya no se definen —o no se les debe definir— como de izquierda y de derecha, sino como democráticas y antidemocráticas. Algunos llevan más lejos este planteamiento y aseguran que en las nuevas condiciones del mundo las diferencias entre izquierda y derecha dejaron de tener importancia y pasaron a ser irrelevantes, es más, que ya ni existen siquiera.
Carlos Meza, comunicador social que fue Presidente de Bolivia, dijo en el XIV Foro Eurolatinoamericano de Comunicación celebrado en El Salvador el 23 de octubre pasado, que “las palabras derecha, centro e izquierda son claramente insuficientes para saber qué está pasando en América Latina”. Otros renombrados intelectuales latinoamericanos y europeos, se remiten a una amplia investigación que hiciera el eminente jurista y filósofo político italiano Norberto Bobbio (1909-1994), quien dedicó algunas de sus obras más importantes a este tema y puso a tres de sus libros los títulos de: ¿Qué socialismo?, Derecha e izquierda y La izquierda en tiempos del karaoke. Sin embargo, estudiosos de Bobbio aseguran que a pesar de todos los esfuerzos que hizo éste por descifrar los misterios filosóficos y políticos de la izquierda y la derecha, dejó el asunto tan enredado como antes y lo único que pudo precisar es que si bien la libertad se asocia esencialmente a la derecha, también puede ser un valor de la izquierda. Lo que no ocurre con el principio de igualdad, que es exclusivo de la izquierda.
Pero en Nicaragua el problema de izquierda y derecha no se plantea como un a cuestión intelectual y mucho menos filosófica, sino como un asunto meramente político, más práctico que teórica. El caso es que en Nicaragua todos los sectores y personas que por una razón quieren la democracia, independientemente de que sean de derecha, izquierda o centro, son perjudicadas por el autoritarismo de Daniel Ortega, por su pretensión de restaurar la dictadura y su afán de barrer la endeble institucionalidad democrática nicaragüense, la cual costó duras, prolongadas y hasta sangrientas batallas libradas por esos nicaragüenses de izquierda, derecha y centro.
Durante la reciente campaña electoral municipal se destacó la ejemplar actitud del Movimiento Renovador Sandinista (MRS), que venció los prejuicios ideológicos y respaldó de manera amplia y desinteresada a los candidatos de la Alianza PLC, que representaba la única opción democrática y la alternativa a la amenaza dictatorial de Daniel Ortega y el FSLN. Realmente, si como hemos dicho en otras ocasiones el palo con el cual el régimen autoritario de Daniel Ortega golpea a los sectores democráticos de izquierda, es el mismo garrote con el que apalea a los sectores democráticos de derecha, ¿por qué entonces no realizar el más elemental acto de autodefensa que es unirse para defenderse del enemigo común, para enfrentarlo juntos y derrotarlo?
Al respecto hay que recordar que no obstante los sectarismos políticos y los prejuicios ideológicos que son tan propios y están tan arraigados en la cultura política nicaragüense, se ha logrado acumular una valiosa experiencia de unidad y lucha conjunta de sectores de derecha, de izquierda y de centro, en contra de un enemigo común, ya fuese éste la dictadura derechista de los Somoza o la dictadura izquierdista de los sandinistas en los años ochenta.
Ya para las elecciones del año 1967, un visionario político y prócer de la libertad y la democracia en Nicaragua, el Director Mártir de LA PRENSA doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal (q.e.p.d.), planteó vigorosamente que todos los nicaragüenses adversarios de la dictadura somocista, incluyendo a los marxistas, debían participar en la primera gran Unión Nacional Opositora (UNO) que se formó en aquella ocasión. Después, la izquierda y la derecha antisomocistas se unieron formalmente y de hecho, en la etapa final de la lucha contra la dictadura que culminó con su derrocamiento. Y en 1989 los partidos de derecha se asociaron con los de izquierda en la segunda UNO de la historia nacional, para derrotar a la dictadura sandinista en las elecciones de febrero de 1990.
Ahora las fuerzas democráticas de derecha y de izquierda pueden y deben unirse para salvar la democracia, que es un patrimonio común de todos los nicaragüenses y la cual está gravemente amenazada por Daniel Ortega y la nueva oligarquía corrupta que lo rodea y lo sostiene.