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La “cultura” del bolis y el nacatamal
José Antonio Jarquín Aburto
El autor es nicaragüense residente en Guatemala
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Nicaragua se encuentra a las puertas de la encrucijada de las elecciones que pueden marcar el punto sin retorno del sistema democrático y la consolidación de la dictadura de los Ortega-Murillo.

La población de Nicaragua en su mayoría es joven y gran parte de los ciudadanos aptos para votar pertenecen a la generación que nació posterior al 19 de julio de 1979 y sobre estos jóvenes está la gran responsabilidad de decidir el destino de una nación que puede enfilarse hacia un mejor porvenir o retroceder a la década perdida de la gran noche oscura de la dictadura sandinista de los años ochenta.

La amenaza que se cierne sobre la incipiente democracia con el proyecto familiar de los Ortega-Murillo, de consolidar su modelo de dictadura y perpetuarse en el poder a través de vender ignorancia con la demagogia barata del pueblo presidente y el socialismo del siglo XXI, financiado con los petrodólares del dictador Hugo Chávez, los Ortega-Murillo representan un peligro que nos puede llevar a una nueva confrontación armada al cerrarse todos los espacios democráticos.

Hoy vemos estupefactos cómo los vicios de la dictadura somocista se vuelven a poner en práctica. Somoza instauró la política de la ignorancia e institucionalizó la cultura del bolis con guaro y el nacatamal. El sistema del premio y castigo, donde la maquinaria electoral somocista funcionaba a la perfección a través de los cantones electorales somocistas, controlaba a la gente con la tarjeta del partido somocista, la tristemente célebre “magnífica”. El que no tenía una de estas tarjetas estaba condenado a ser un marginado del sistema. Se montaban las manifestaciones de apoyo al máximo líder mejor conocidas como las portátiles acarreando a los campesinos en camiones. Los emborrachaban con el bolis y luego los dejaban tirados Se vivía bajo la política de infundir el temor en la población con la represión de las bayonetas y el pobre empleado público con el temor de perder su puesto de trabajo engrosaba las turbas nicolasianas. Era la época de los rótulos gigantes y los afiches con la efigie del dictador, con la leyenda Somoza Forever, con su eterna sonrisa como burlándose del pueblo y el humor del nicaragüense lo bautizó como sonrisal en alusión al eslogan de un comercial de una pasta dental.

La dictadura de los Ortega-Murillo, en su sueño mesiánico de perpetuarse en el poder, ha hecho un clon del sistema oprobioso del somocismo, y vuelve a surgir la cultura del bolis con guaro y el nacatamal. Ellos cuentan con sus simpatizantes incondicionales que conforman el 38 por ciento. Esta masa de orteguistas es manipulada y comprada con migajas por un plato de comida y unos míseros centavos a través de los CPC. Les regalan cocinas con su cilindro de gas, casas para los elegidos, los pobres rezadores que pasan 24 horas orando y ondeando sus banderas en las rotondas, sus turbas divinas que no tienen nada que envidiarle a las turbas de doña Nicolasa Sevilla, y su propaganda con sus rótulos gigantes y la efigie del candidato eterno, el abanderado de los pobres del mundo con su sonrisa que más parece una mueca, y la ironía de la vida. Sale otra vez el personaje a quien Somoza lo montó en un caballo y doña Rosario lo ungió como su candidato. Somocista ayer, somocista hoy, somocista siempre.

Don Tomas Borge dijo, cuando las elecciones de 1990, “que los sandinistas no dejaban el poder ni con los votos ni con las balas”. Pero se fueron con los votos, les ganó una señora en silla de ruedas. Ese día Nicaragua le dio una lección de civismo al mundo. Todos votaron en contra de la dictadura y no fue necesario que les dieran un bolis con guaro y un nacatamal.

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