En una crisis política el hombre honrado se encuentra confuso no para cumplir con su deber, sino para saber cuál es su deber, sabiendo que debe enfrascarse en trabajo duro y honesto para lograr justicia social, sin destruir la riqueza, sino crearla, proporcionando los medios que nos lleven a la felicidad. El hombre honrado quiere participar en la política, que es el sistema de la sabiduría, no el catecismo de la mala fe.
Este fenómeno del hombre es más acentuado cuando se ve acorralado por individuos y sistemas que tienden a destruir su propio sentido de ser, donde sus esfuerzos de superación se ven interrumpidos por actitudes egoístas, inspirados en la maledicencia, guiada por inspiraciones oscuras que caracterizan a aquellos gobernantes que ahuyentan las normas cristianas de actuar y gobernar, a quienes las dificultades se les aumentan conforme se les acerca su fin.
Hemos llegado a un momento de peligrosidad colectiva en que nuestro país, nuestra sociedad, se ve amenazada con una nueva dictadura sin sentimiento humano, dominado por un odio visceral, utilizando al segmento más frágil de nuestra sociedad, los más pobres, para sostener sus aun frágiles bases dictatoriales, buscando dignidad con injusticia y pecado, enterrando a los vivos con testimonio y desenterrando a los muertos con infamia.
Nuevamente se demanda que nuestra unidad sea forjada y mantenida, aquéllos que pensamos y anhelamos libertad, democracia, justicia social, en un frente único de lucha que requiere desinterés y comprensión, sin apartarnos de nuestros particularismos, solamente dejarlos a un lado momentáneamente. Lo que importa en este momento es unirnos en un pacto de salvación nacional, donde convivamos los que amemos desinteresadamente nuestra Patria.
La base fundamental de la democracia se asienta sobre el derecho del pueblo a emitir su voto y es un deber ciudadano proteger ese derecho y una obligación cumplirlo. Cada vez que nuestra Patria se encuentra en peligro debe surgir invariablemente, en conjunto, el talento y energía unificada de toda la población democrática, para enfrentar y vencer las acechanzas que buscan interrumpir nuestro desarrollo humano.
Para que nuestro país sea fuerte es necesaria esta unidad estrecha y luchar por las libertades que nuestra Constitución y nuestras leyes garantizan plenamente. Todos juntos sumaremos el esfuerzo y el propósito, porque la voluntad de servir a la Patria no tiene fin.
Nuestra sociedad debe recordar siempre que ésta, la sociedad, es más vasta e importante que el Gobierno. El Gobierno sirve a la sociedad, no la dirige ni la domina, no es un fin sino un medio que debe adaptarse a los mejores intereses de todos, que es la razón de su existencia. Recordemos que ningún hombre es lo suficientemente bueno o sabio como para gobernar a los otros sin su consentimiento, consultado en forma activa, no pasiva, que lo haga participe del proceso de autoridad y control social, mediante la expresión de sus ideas y necesidades.
La libertad es el pan que el hombre se gana, democráticamente, con el sudor de su voto. Abandonemos el prejuicio de indiferencia y abstencionismo, porque es criminal abandonarla al dinamismo de los más audaces. Alejarse de las prácticas cívicas ha sido siempre el origen de las dictaduras. Invocamos a cada instante nuestros derechos, debemos hablar también de nuestros deberes. Votar es un deber ciudadano al que no debemos renunciar, si no queremos luego llorar de dolor por el yugo de la tiranía. No podemos ejercer la crítica con el ademán gélido de la indiferencia.
El hombre cristiano sabe que la obra común debe tender a mejorar la vida, hacer posible que todos vivan en esta tierra como hombres libres, donde las autoridades a cargo del bien común, en una comunidad de hombres libres, son designados por el pueblo y se origina en el Creador de nuestra naturaleza quien nos entregó la libertad como un don del que hay que ser merecedor y luego debemos conservar, cueste lo que cueste. El ser libres o no, no depende de la ley sino de nosotros mismos, de nuestras decisiones, es el máximo don que Dios confirió a la naturaleza humana.
“La libertad es uno de los dones más preciosos que al hombre dio los cielos, con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la Tierra ni el mar encubre, por la libertad, así como la honra, se puede y debe aventurar la vida. La libertad no debe ser vendida por ningún dinero”. Miguel de Cervantes.