Violencia, compulsiva y deliberada

La ola de violencia desatada por los sandinistas radicales que están en el poder al mando del presidente Daniel Ortega, durante la campaña electoral para las votaciones municipales que se realizarán pasado mañana domingo 9 de noviembre, a nuestro juicio obedece a dos razones o causas fundamentales.

La primera es que los sandinistas orteguistas son de esas personas que tienen una afición compulsiva y enfermiza a la violencia. Ellos no parecen necesitar ningún motivo para ser violentos y atacar a otras personas. Lo que demuestran es una necesidad incontrolable de agredir, como si experimentaran un placer mórbido haciendo daño a los demás, particularmente a sus adversarios políticos a los que tratan como enemigos de guerra. Es la violencia en su sentido irracional, como conducta contraria a la naturaleza humana, como proceder contra el estado normal de las cosas.

Pero, además, tal como lo han explicado el siquiatra argentino Jorge Ruffo y el experto de la Organización Mundial de la Salud en conductas anormales, Marcos Bernstein: “La violencia es una fuerza destinada a sojuzgar a otros para el beneficio y la satisfacción del deseo de uno. Amenaza la existencia del otro y apunta a lograr que el otro ceda y se adapte a uno”. O sea que la violencia durante esta campaña electoral, además den ser consecuencia de la personalidad anormal de los orteguistas, también ha sido una estrategia política. Es decir, se usa la fuerza bruta y la amenaza para someter a la población, para obligar a los ciudadanos a votar por los candidatos del Gobierno o para que no voten a favor de la oposición. Y en última instancia para que por miedo la gente simplemente no vaya a votar, pues con la abstención se aumenta el porcentaje de votación para el Frente Sandinista.

En realidad, el desborde de violencia oficialista en esta campaña electoral —durante la cual muchos manifestantes pacíficos fueron agredidos con garrotes, tubos y piedras; se impidió por la fuerza la celebración de marchas cívicas y pacíficas; se vapuleó y hasta macheteó a candidatos opositores; incluso las esposas de los candidatos de la oposición a alcalde y vicealcalde de Managua, fueron lesionadas en sus rostros por pedradas de las turbas—, por una parte se ha debido, repetimos, a la naturaleza violenta de los orteguistas, pero también a que han tratado de imponerse mediante el terror, para atemorizar a la gente y que no vaya a votar, pues así creen asegurar el triunfo del FSLN o facilitar el fraude electoral.

La violencia oficialista en esta campaña electoral municipal nos ha traído a la memoria las campañas para las elecciones de 1984 y 1990, bajo la primera dictadura sandinista. En aquellas dos ocasiones abundó la agresión contra las fuerzas democráticas por parte de las turbas gobiernistas y los aparatos represivos del Estado. Y cabe recordar que en 1984 el FSLN logró su propósito, pues la verdadera oposición se vio obligada a retirarse de la contienda electoral. Sin embargo, en la campaña para las elecciones de 1990 la oposición soportó estoicamente la violencia oficialista, se mantuvo firme hasta el final sin caer en las provocaciones y su perseverancia y valor fueron premiados con la clamorosa victoria cívica y democrática en las votaciones del inolvidable 25 de febrero de 1990.

Aquellas fueron experiencias muy valiosas, que deben ser recordadas precisamente ahora cuando con la violencia y la agresión de las turbas orteguistas se ha pretendido obligar a la oposición a retirarse de la contienda electoral, lo mismo que forzar a la gente a votar contra su conciencia y sus intereses y en último caso a abstenerse de votar. La verdad es que los violentos que de nuevo están en el poder, pueden ser derrotados igual que en 1990 siempre y cuando los ciudadanos no se dejen atemorizar y vayan a votar correctamente este domingo nueve de noviembre.

La experiencia histórica ha demostrado que la mejor manera de combatir la cultura de violencia imperante en la sociedad —violencia que en el caso de Nicaragua es fomentada por el mismo Gobierno—, consiste en no dejarse provocar ni responder a la violencia de los malandrines con la violencia de los demócratas. Pero también es indispensable no dejarse atemorizar. Y en lo que se refiere a la histórica cita cívica que Nicaragua tiene este domingo, ir todos a votar para cumplir el deber ciudadano, para derrotar a los violentos, para salvar la democracia, para defender la paz y la libertad.

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