Hollywood está poniendo en duda la credibilidad policial. El cliché de las películas de policías (los buenos) y ladrones (los malos) prácticamente ha sido enterrado. Los ladrones siguen siendo malos, pero los policías son peores. Son corruptos y asesinos. Pero eso no los convierte en monstruos. Ellos tienen familias a las que aman y protegen. El problema es que el sistema está tan podrido que nadie puede hacer su trabajo sin torcer las leyes y de paso ganar un dinero extra, aunque esté manchado de sangre.
Este año tres producciones enfocadas en este delicado género han hecho presencia en las salas nicaragüenses: Reyes de la Calle, Dueños de la Noche y ahora Honor y Orgullo. Esta última ha sido la más esforzada y ambiciosa de todas.
Ray Tierney (Edward Norton), es un detective retirado de las calles debido a un incidente que ocasionó la muerte accidental de un muchacho. Se ve obligado a volver al servicio activo debido a que su padre, interpretado por un siempre eficiente John Voigh, le pide que participe en la investigación sobre una masacre policial. Sus averiguaciones lo llevan adentrarse en un corrupto mundo en el que pululan algunos de sus seres más queridos.
El mérito de esta cinta es su esfuerzo en cargar con pequeños e interesantes subtramas que en muchos de los casos son efectivos en complementar la historia principal. Es cierto que en algunos casos se cae en el melodrama e hicieron extender innecesariamente el filme, pero son pequeños tropiezos que terminan siendo perdonados.
La cinta es protagonizada por Norton y Colin Farrell, dos actores que normalmente ofrecen mucha intensidad en sus interpretaciones, pero éstos se ven opacados por las pequeñas escenas a cargo de dos actores desconocidos; Noah Emmerich y Jennifer Ehlen, como el jefe policial a cargo de un distrito cuestionado y su enferma esposa.
Esta onda de películas sobre los dramas personales de los policías corruptos tuvo su revival a raíz del éxito de la serie de televisión The Shield, actualmente transmitida por un canal de televisión local.
Antes, las crisis personales de los policías corruptos eran abordadas por directores visionarios como Sidney Lumet en la década de los setenta. Sus obras Serpico y Tarde de Perros, fueron crónicas descarnadas de la época y las primeras en mostrar que los policías hacen su trabajo haciendo cosas que por su mismo trabajo no deberían de hacer, si saben a qué me refiero.
Cuarenta años después, ya con un Lumet octogenario, el género que impulsó dejó de ser exclusivo de cinéfilos para convertirse en material “todo público”. Me imagino que éste debe sonreír satisfecho, mientras reposa en su mecedora.