Matreros
Hombré, toda mi solidaridad con Emmett Lang a quien le hicieron perder en una elección, donde quienes la organizaron cargaron de tal forma los dados que sólo podían ganar quienes ellos decidían. La competencia era entre Lang y Julio Rocha por la presidencia del Comité Olímpico Nacional (CON). Fíjense qué matreros: excluyeron a las federaciones que sabían que votarían a favor de Lang haciendo interpretaciones retorcidas de la ley, no dejaron que nadie más que ellos observaran las elecciones, y el candidato Rocha fue quien escogió y juramentó al tribunal electoral entre sus más fieles partidarios. ¿Así cómo no iba a perder el pobre Lang? Y miren lo que les digo: por señalar esas irregularidades, el tribunal electoral del CON va a salir diciendo que hay una campaña para desacreditarlos…
Por qué
Por eso mismo es que escuchamos a Emmett Lang reclamarle vehemente a Julio Rocha, el presidente reelecto del CON: “¿Por qué hacer las elecciones a escondidas, Julio, si no tenemos nada que esconder? ¿Por qué excluir a la federaciones si todos somos deportes?”
¿Misma medicina?
Pero… un momentito. ¿No es este Emmett Lang, ex candidato a presidente del CON, el mismo Emmett Lang, magistrado del Consejo Supremo Electoral que excluyó a dos partidos haciendo interpretaciones retorcidas de la ley, el que ha impedido la observación electoral y el que está compuesto mayoritariamente por fieles a uno de los partidos en contienda?
A la mexicana
La pregunta del millón: ¿Aún así pueden ganar los candidatos que no gustan al Tribunal Electoral del CON o del Consejo Supremo Electoral? Difícil. Ya lo vivió el propio Emmett Lang. La única forma de ganarles es “a la mexicana”. Los que conocen algo de boxeo saben que sólo hay una manera para que un púgil extranjero gane en México: por nocaut. Si el asunto se va a las tarjetas, los jueces siempre verán ganar al mexicano porque “órale manito, cómo vamos a dejar morir a un carnal”. O sea, la victoria tiene que ser tan apabullante que a este tipo de tribunales no le quede más remedio que reconocer la derrota de sus protegidos. Aunque sea a regañadientes.
Regaladera
Alguien por ahí decía: “¿Cuándo se había visto que un gobierno regalara bicicletas, gallinas, cocinas y casas? ¡Nunca!” Y me acordé de los años ochenta cuando el Gobierno revolucionario acostumbraba regalar bagatelas o privilegios a aquellos funcionarios o ciudadanos que demostraban “entrega a la causa”. Como faltaba todo, un galón de aceite se convertía en un premio especial. Se daban los paquetes “ampliados” de granos básicos, llamados AFA, radios Siboney o televisores Caribe en Navidad. Un carro Lada ¡uf! Eso era para los “gruesos”. Pero, como se vio en las elecciones de 1990, la gente espera del Gobierno algo más que regalos. Más bien, los regalos pueden resultar nocivos...
Un buen gobierno
No creo que un gobierno regalón sea un buen gobierno. Los ciudadanos no necesitamos un gobierno, o peor aún, un partido, que nos regale frijoles, cocinas o casas, vehículos o bueyes. Lo que necesitamos es un gobierno que estimule la cooperación de otros países, que atraiga la inversión, que cree el clima para que el país produzca, que respete las leyes, para así, de esta manera, poder tener uno mismo la posibilidad de comprar los frijoles donde quiera, tener su casa o su vehículo, sin tener que estar recibiendo favores de nadie, mucho menos de un partido que exige fidelidad perruna por ello.