Si de regímenes políticos puros habláramos, podríamos afirmar sin lugar a equívocos que es la democracia el sistema de gobierno que beneficia más a un pueblo. La posibilidad de elegir a quien representa con más claridad y defiende con más ahínco los intereses de la mayoría, constituye una enorme ventaja en la medida en que tales intereses no se queden en la mera retórica y pasen a ser el marco general que conduzca las acciones, una vez en el poder.
Sin embargo, regímenes políticos puros no existen y de la amañada interpretación de los principios en que cada uno se fundamenta, surgen degeneraciones que se nutren de la manipulación de la opinión a través del ejercicio de la más pura —ésa si se mantiene— de las demagogias, elemento incondicional en el control de hordas de incautos a quienes de manera gaseosa se les promete sin sentidos, a cambio de su codiciado voto.
No pareciera una mera coincidencia, el que sea en épocas electorales cuando se impulsan proyectos del Gobierno Central, dando y prometiendo casas, cocinas, computadores, entre otros —sólo a sus simpatizantes, como denuncian los medios de comunicación— y, mucho menos, cuando en tales muestras de generosidad, participa de manera activa uno de los candidatos a la Alcaldía de la ciudad más importante del país, quizá también por mera coincidencia, que milita en el mismo partido político del Presidente.
Se ve como un ejercicio de la democracia —¿cuál?— el que los Consejos del Poder Ciudadano (CPC) realicen consultas de carácter privado, sobre las intenciones de voto en algunos barrios de la ciudad, con el beneplácito o complicidad de las autoridades, arrogándose el derecho de hacer sondeos y propaganda al partido político gubernamental, cuyo eslogan, por demás, es la concordia.
A quienes ejercen oposición, desde los medios de comunicación o desde la tribuna, se les persigue y se les crean cargos sin fundamento, con el ánimo de desprestigiarles o, en el mejor de los casos, callarles, pues sus pronunciamientos se reconducen y se hacen ver como afrentas al pueblo; ése que sufre las consecuencias de políticas erradas y de despilfarros sin razón o, al menos, responsabilidad.
Pero mientras todo eso pasa y las garantías para unas elecciones libres, sin injerencia de ningún actor político, más allá de los contrincantes, con veedurías internacionales imparciales, incluso de países amigos u organizaciones no gubernamentales, son ausentes, se invoca la ayuda divina en todas las glorietas, a través del poder de la oración, para que expulse el odio que con sus características demoníacas, amenaza con llevar al país una vez más a la confrontación; ese odio que conduce a que, siendo todos de un solo grupo, mientras unos rezan, los otros estén destruyendo los bienes y agrediendo a las personas que osan hacer campaña por otro grupo político.
Las campañas políticas se centran entonces en resaltar los defectos o las debilidades de los contrincantes, no en la fortaleza de las ideas, de los planteamientos, de los resultados a mediano y largo plazo, de las proyecciones y en suma, de lo que resulta más benéfico para cada una de las ciudades y, por ende, del país, conduciendo a que se opte no por el mejor candidato, sino por el menos malo y eso ya no puede llamarse democracia, como tampoco puede llamársele al régimen que cree que la contundencia de los golpes es la misma contundencia de las ideas.