Mucha gente ve turbio el futuro político de Nicaragua. En cambio, los analistas políticos de Acoyapa lo ven clarísimo. Y dicen que no necesitan ser clarividentes, ni les importa el resultado de las próximas elecciones municipales, para darse cuenta que “habrá Ortega para rato”.
Según mis coterráneos, los factores principales —entre otros— que juegan a favor del presidente Ortega son los siguientes: 1) el Frente Sandinista tiene dinero de sobra; 2) el Poder Judicial, el Consejo Supremo Electoral, la Contraloría y la Fiscalía General de la República son instrumentos políticos de don Daniel y 3) el zancudismo legislativo está a la orden del presidente Ortega.
Si se tiene en cuenta que no sólo existen muchos zancudos arnoldistas, sino también bastantes zancudos solapados —aparentando oposición— nadie debe dudar que don Daniel conseguirá los votos suficientes para que la Asamblea Nacional reforme la Constitución y establezca la “fórmula” legal que le permita seguir mandando.
El presidente Ortega para asegurar la reforma constitucional necesita contar con el voto favorable de dieciocho diputados “opositores”, lo cual no es difícil de conseguir, porque todos los diputados zancudos, abiertos o encubiertos —que son más de dieciocho— sienten una irresistible “atracción fatal” por las sinvergüenzadas. Entonces, los analistas políticos de Acoyapa le preguntan al lector: ¿usted cree que estos diputados aguantan un cañonazo de trescientos mil dólares?
No obstante, que existe la seguridad de que hay diputados que venderían su voto por menor cantidad, en esta imaginaria operación comercial, los analistas políticos de Acoyapa, recordando la teoría de los pisos y los techos de Arturito Cruz, establecieron un “precio-piso” de trescientos mil dólares y un “precio-techo” de quinientos mil. Ahora bien, si estos diputados no se conformaran con trescientos mil dólares, el Frente Sandinista podría “invertir” nueve millones de dólares en la reforma constitucional, medio millón de dólares por diputado, y entonces, mis paisanos, tendrían que preguntar nuevamente al lector, ¿habrá alguno de esos “zancudos de la patria” que aguante un cañonazo de quinientos mil dólares?
Una vez que se dejaron planteadas estas preguntas, los analistas políticos de Acoyapa abordaron el tema de la sucesión de don Daniel. Se dijo que a pesar de que “hay Daniel para rato” —ocho años más, por lo menos— en el FSLN ya se está hablando de su sucesor. A este respecto las intervenciones que escuché en la reunión acoyapina fueron interesantes.
El cincuenta por ciento de los analistas políticos de Acoyapa consideró que don Payo debe ser el sucesor de don Daniel. No me refiero a Payo Solís sino a Payo Ortega. A este cincuenta por ciento le pareció excelente la idea de que Payo Solís fuera el vicepresidente del otro Payo.
Un diez por ciento cree que el sucesor del presidente Ortega debe ser Omar Cabezas o Gustavo Porras. Los admiradores acoyapinos de don Omar aseguran que el señor Cabezas tiene indudables méritos para suceder a don Daniel, porque desde que fue Viceministro del Interior no duerme de preocupación por los derechos humanos de los nicaragüenses. Por otra parte, los admiradores acoyapinos de don Gustavo aseguran que el doctor Porras también merece ser el sucesor del presidente Ortega porque tampoco duerme —se dice que sufre de insomnios patrióticos agotadores— pensando cómo conseguir “el bienestar con dignidad de las clases populares nicaragüenses”.
Otro diez por ciento de los analistas políticos de Acoyapa consideran que don Wálmaro Gutiérrez, con la fabulosa capacidad televisiva de convencimiento que lo caracteriza, sería para Nicaragua un gobernante ideal, pues su extraordinario manejo televisado de todas las ramas de la ciencia del Derecho más su impactante elocuencia —una mezcla de Demóstenes, Cicerón y Castelar— le darían a su gobierno el “glamour” jurídico que tanto necesitamos para ir construyendo aunque sea televisadamente un Estado de Derecho.
Por último, el restante treinta por ciento opinó que quien debe suceder al presidente Ortega es el diputado Edwin Castro, quien además de tener la capacidad televisiva de convencimiento de don Wálmaro, tiene una indiscutible estatura de estadista.
El presidente de los analistas políticos de mi pueblo manifestó que lo que más le impresiona del diputado Edwin Castro, aparte de su estatura de líder, aparte de su estatura de estadista, es su estatura académica: un gigante del constitucionalismo mundial. Si a esto se agrega que es un hombre humilde, sin aires de suficiencia, y con una sinceridad que se le sale hasta por los poros, la cual se ve inclusive en sus entrevistas televisadas, se tendría que concluir —agregó mi coterráneo— que el diputado Castro debe encabezar la lista de los que están en la línea de sucesión del presidente Ortega.
Al finalizar la reunión me pidieron mi opinión. Expresé que verdaderamente yo creía que “había Daniel para rato”, pero que con respecto a la sucesión resultaba muy temprano hablar de ese tema. Sin embargo, manifesté que de momento a quien le veía más posibilidades de suceder al presidente Ortega era al diputado Gustavo Porras: el apóstol de los pobres de Nicaragua; el hombre que nunca duerme buscando, como se dijo antes, “el bienestar con dignidad de las clases populares nicaragüenses”.