A la mañana siguiente Miguel despertó oyendo el intenso caer de la lluvia en el tejado. Parecía arena desparramada acompañada de un húmedo gemido interminable, el silbar de la glotona bestia plomiza que arriba se extendía, gruesa, ancha y deforme, con esa horrible corpulencia, deslizándose sin prisa, avanzando con calma hechicera, como si supiera que duraría días en devorar lo que encontrara. La lluvia anegó los caminos y Miguel estuvo el día metido en el cuarto del hotel, rumiando sobre el incierto futuro.
Miguel tiene miedo del gran vómito y de ese río que crece en las calles, que se lleva cuanto encuentra a su paso, toma fuerza, gota a gota se agiganta arrastrando lo que encuentra, es la gula de la destrucción que viene desbordada. La inundación aumenta y se confirma lo pronosticado, que esto se volvería atolladero y nadie puede salir ni entrar. Los caminos han desaparecido, es río furioso, alocado que avanza como si fuera una serpiente que engulle lo que se le pone enfrente.
Las nubes son tan densas que con una mediana escalera se puede ascender y tomar un trozo de ellas. ¿Son las 2:00 de la tarde o las 10:00 de la mañana? Adentro, huele a lluvia. Afuera, las nubes descargan agua como si fuera una gigantesca cascada, el día de las profecías llegó, Miguel, donde menos lo esperabas y cuando menos creías, el fin del mundo arremete con fuerza, es Papachú, Miguel, que hastiado de la mierda y podredumbre, viene a llevarse lo poco que se pueda recuperar.
Miguel nunca antes sintió esta violencia del viento, el rugir de esta inmensa nube, que voluptuosa y perezosa se ha posado en el poblado como paredes de cielo a punto de caer, dejando ahí sus crías, millones de millones de gotas que bajan y se unen en pequeños charcos que forman riachuelos, ríos que se desbordan e inundan cada poblado como queriendo tragárselos.
¿Qué pasa? Es el cíclope loco, el huracán Mitch, Miguel, mil kilómetros de ancho, categoría 5, jamás visto en cien años, rugidos de 308 kilómetros por hora, un ojo de cuarenta kilómetros, una altura de catorce kilómetros, un fenómeno que provoca daños catastróficos, que destroza Posoltega, 11:00 de la mañana, del viernes 30 de octubre de 1998 para que lo recordés bien cuando llegués desmembrado e irreconocible a las puertas de San Pedro.
El huracán, María, esa muralla grisácea, se arrastra lenta, obesa y pesada, enorme mole como si fuera la mala conciencia del mundo, jadeando y resoplando, sacando pecho, indestructible, con demoníaca locura arrasando y tragándose El Porvenir, Versalles, El Torreón, Santa Narcisa, Posoltega, a vos también, a cada uno de sus habitantes, el ciclón que golpearía México, Florida o Cuba, cambió de opinión y regresó a dar un paseo por estas tierras.
En la oscuridad, oye el rugido, es ella, Miguel, desenrollando su gran lengua de lodo, desdoblándose, una serpiente gigante escondida en el cerro que viene a buscarte, es María que con sus afilados colmillos te sacará el corazón, que aún con vida, chupará tus ojos y de un mordisco te arrancará los labios y la lengua y te obligará a tragar el agua de los mares y sin misericordia, te sumergirá en el río de sus lágrimas como el derrumbe de la ladera del volcán Casita que temías, la bola de árboles, lodo y piedras, altiva y jactanciosa ha destrozado lo que ha podido, no ves nada, es noche o es que las nubes negras han bloqueado la luz, escuchás los ruegos de miles de personas, avanzás, intentás salir de ese lodo, está dentro de vos, lo escupís, sentís tus brazos débiles, tus piernas, Miguel, no responden, te arrastrás fuera de los escombros, qué miseria, escuchar los bramidos del temporal y los gritos que aumentan sin poder ayudar debido a la corriente de seis metros de alto y dos kilómetros de ancho que devastó cada uno de los poblados cercanos, por eso las súplicas, los gritos, los escombros que te impiden salir, estás golpeado pero no sabés qué tan grave es, no tenés escapatoria, otra avalancha y estarás perdido.
En esta oscuridad, no sabés dónde ir ni podés orientarte por la densa lluvia que es muralla, acompañado por el bramido de María. Es mejor quedarte aquí. Miguel escucha a su lado un lastimoso quejido. Alguien implora, Dios mío, que lo salven. Miguel escarba apurado, desesperado mientras los quejidos siguen, aguantá, vas a salir, debo quitar esta pesada roca y estarás en libertad. ¿Quién será Miguel? La cocinera, el dueño del hotel, el vigilante, el hijo de la sirvienta, hay que apurarse que se muere, tenés su mano, se mueve entre los escombros, trata de aferrarse, no te deja quitar el lodo, tenés que ser fuerte y levantar la roca, un poco más y de nuevo llega el mugido de María desde la negrura convertida en manada de toros desbocados, la tempestad indignada de no poder matarte, aúlla y se lanza indómita con violencia y precisión en segunda embestida, te golpea, perdés equilibrio, te vas Miguel, soltás la mano que socorrés y te alejás chocando contra una pared, una puerta, y un pedazo de madera se te clava en el pecho, una roca te tuerce las piernas, un golpe en la cabeza, no escuchás ni gritos, ni auxilios, no ves nada, estás peor Miguel, tu cuerpo es masa quejumbrosa, ni respirar porque el lodo ha entrado en tus pulmones y te quedás con los ojos abiertos de la sorpresa con que ha llegado tu fin… María se va Miguel, evanescente, vaporosa, de vagas facciones, se aleja harta, con la panza hinchada. Va cubierta con bruma y velo negro dejando atrás la calma aterradora después del desastre.
Publicado en octubre del 2007 por Anamá Ediciones.