Hoy celebramos en Nicaragua el Día de la Madre, un festejo que se ha convertido en un acontecimiento comercial de gran envergadura y se han olvidado de lo fundamental, que es lo espiritual. Es importante dar al César lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios.
Acabo de pasar una prueba fuerte. Por circunstancias ajenas a nuestra voluntad, estuvimos enfrentados padres con hijos, unos con más fuerza que otros y en el centro de esta disputa estuvo siempre nuestra madre. Esa guerra familiar estaba llegando tan largo que estuvimos enfrentados con mi papá en intentos de juicios penales, civiles y sobre todo sociales, que son los que más dañan ya que cada quien daba una versión a sus amistades o conocidos y se dictaba una sentencia a favor de quien daba su opinión. Pero cada día que pasaba se destruía la familia.
En esa guerra mi madre era el centro de la disputa. Mi padre la había moldeado a su gusto. Nosotros considerábamos que esa cultura es de maltrato y sufrimiento y queríamos que cambiara, queríamos ser unidos en amor y hermandad, amar y ser amados por nuestra madre. Mi padre, por otro lado, consideraba que para tener mayor dominio sobre ella era necesario separarla de nosotros. Mi padre nos decía: quiero que nos dejen vivir felices, déjennos solos. Y yo meditaba en cómo puede una madre ser feliz alejada de sus hijos, pero también pensaba que tampoco será feliz sin esposo, el hombre que mal que bien la ha acompañado, protegido y amado por cuarenta y seis años, a su manera, pero también esa es la manera de mi madre.
Cada noche que transcurría en esa guerra pasaban por mi mente muchas ideas, entre ellas abrir un proceso judicial y poder hacer lo que quisiera en la vida, pero siempre pensaba en el sufrimiento de mi madre al pasar eso y muchos de los míos me preguntaban por qué mi mamá permite que me hagan daño, intentándome procesar. Luego mis hermanos en el sufrimiento y la desesperación decían: sos tonto, ya que mi mamá siempre está al lado de mi papá. Pero nunca me creí esa teoría, siempre estuve consciente de que lo que mi madre hacía era sufrir para que mi padre no nos hiciera daño.
Pasaban por mi mente ideas buenas y malas. Recuerdo el consejo que nos daban el padre Joselito y sor Elena Mejía: no deben actuar ustedes con violencia, recuerden el Cuarto Mandamiento, de respetar a sus padres y madres. Y oraba a Dios y pensaba en el sufrimiento de la Virgen María por su hijo, el amor que ella ha mostrado, y lo contrastaba con los muchos y muchos gestos de amor de nuestra madre hacia mí y mis hermanos, el sufrimiento que le estaba haciendo pasar a mi madre. ¿Cómo le iba a explicar a mis hijos por todo el daño que le causaba a mi propia madre? Y se grabó en mi mente la imagen de mi madre con las manos sobre su cabeza, después de escuchar una discusión entre mi padre y tres de sus hijos, y decía: ustedes me van a matar si siguen así. Yo sólo me dormía en un casino, con una vida sin sentido, esperando que los días pasaran. Tratando de olvidar la guerra hablé con un sacerdote que me hizo reflexionar sobre Jesús en el templo, quien actuó con fuerza y enojo. Así logré aumentar la presión hasta que Dios escuchó nuestras oraciones y logró que, como cualquier disputa legal, se acabara en un acuerdo familiar que nos permitiera volver a vernos como familia, que pudiéramos convivir, padres e hijos, como verdaderos amigos. Después observe a mi madre jugar con mi hija, bailar con ella y sonreír de verdad, y eso me retornó mi felicidad, se me derramaron las lágrimas en ese momento.
Hoy con este testimonio quiero enviar un mensaje a aquellos que están en contradicciones familiares, que antes de tomar cualquier decisión piensen qué quiere Dios que hagamos. Es mejor detener las balas y buscar el amor. Oren juntos para que las pruebas sean fáciles de superar, hagan caso omiso a los que quieren destruirnos. Los que estén en paz oren para que el diablo no dañe a sus familias. Y los que ya han perdido a su madre, recuerden que Dios nos ha dado a María como nuestra Madre. Gracias Señor por la madre santa que me diste.