Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser “para todos”, hace que éste sea nuestro modo de ser. Nos compromete a favor de los demás. Pero sólo estando en comunión con Él podemos realmente llegar a ser para los demás, para todos”.
(Benedicto XVI)
Resulta frecuente encontrarse personas aparentemente decepcionadas de sí mismas, quienes se lamentan, en estos términos: “¿Para qué esforzarme en ser mejor si sigo siendo el mismo?”. “Gallina que come huevo ni que le quemen el pico”. Se trata, por lo general, de pueriles excusas, no de razones sólidas. La falta de sinceridad en el querer nos lleva a nadar siempre en las aguas superficiales de un eterno “quisiera”, que nos impide cambiar por no atrevernos a remar mar adentro.
Dice Jesús: “Como la rama no puede producir fruto por sí misma si no permanece en la planta, así ustedes no pueden producir frutos si no permanecen en mí”. El verbo “permanecer” supone aquí algo estable, duradero, un modo de ser, la “gracia habitual” en nosotros, la vida, la amistad y el poder de Dios en todo nuestro ser, debido precisamente a estar en comunión con Jesucristo.
Tengo una amiga, bastante joven pero madura en la fe, persona de oración profunda, Comunión frecuente y ardiente caridad. Prácticamente siempre que la veo está haciendo el bien. Una vez compró una Biblia para regalarla, con una cariñosa dedicatoria, a un muchacho que enfrentaba serios problemas de drogadicción. “A mí, a mí me regaló esta Biblia y con una dedicatoria, se fijó en mí… ¡Yo tengo que cambiar!”, me expresaba conmovido aquel pobre joven, cuya autoestima andaba por el suelo.
Cuando nos dejamos atraer por Cristo, atraemos a los demás hacia Cristo. Pues la bondad, la comprensión, la ternura de Jesús fluye a través del cristiano como algo constante y natural. Sin pretenderlo, se llama la atención de los demás, incluso de los que no creen.
Es la permanencia con Jesús lo que hace dar buenos frutos, la gracia divina a la que el cristiano corresponde con docilidad y sinceridad, lo que se trasluce en perseverante coherencia de vida.
La oración, la meditación bíblica y los Sacramentos constituyen poder, verdaderas reservas de energía ... La fuerza de la Eucaristía no tiene límites! Jesús, con sus medios de santificación, nos puede cambiar… ¡Pero permaneciendo en Él!