En el Evangelio de este domingo (Mateo 6, 24-34) el Señor Jesús nos recuerda a los discípulos de todos los tiempos, que es primordial entregarse a la Providencia de Dios.
Nos hace reflexionar que es elemental trabajar con ahínco por instaurar en las raíces del corazón humano y en nuestra sociedad el mensaje del Reino. Por eso nos dice “buscad el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”.
El ser humano vive en un contexto de intranquilidad, desengaño, desaliento y piensa que al depositar su confianza en lo que no debe: acumulación desmedida de riquezas, opresión sobre los más débiles, intolerancia, oratoria tramposa, pretensión de dividir para debilitar a quienes reclaman justamente sus derechos elementales, todo esto con la pretensión maniática del acumular y ejercer opresivamente el poder; les dará la medicina para paliar sus actuaciones enfermizas.
Es en la sencillez del cumplimiento de la Palabra del Señor y en la contemplación de la misma obra creada por Él que conseguimos captar que lo más humilde, como observar las aves del cielo, los lirios del campo, cada mañana que sale y que trae su propio afán, es lo que nos dará la medida de humanidad que quiere Cristo de nosotros.
Y nos podemos preguntar: ¿Es entonces malo el dinero? Ciertamente no. Debemos trabajar, porque el trabajo dignifica, nos proporciona el sustento, pero debemos reconocer que el único dinero justo es el que se emplea para auxiliar al necesitado, promoverlo, restituirle su decoro. El resto no.
¿Cuántas cosas horribles se cometen por la avidez de las riquezas y por su brillo engañoso? Se piensa que la salud, la seguridad, dependen del poseer, cuando en realidad todo proviene de la bendición de Dios. Donde no hay bendición es en la sola consecución de dinero y en la codicia.
No está más protegido quien tiene millones en el banco que aquel que cada semana acaba como puede. Del pobre, empobrecido, cuida Dios. Pero hay otras pobrezas que dependen del pecado. Unos, que gastan más de lo que pueden, siendo imprudentes, o por pereza. Esto también hay que buscar cómo sanar de raíz.
La ambición descomunal de dinero hace al hombre un desalmado y esclavo de su egoísmo. Se olvida de los demás velozmente y esa mezquindad conduce al hundimiento. Es la barrera que nos separa (ricos y pobres, opresores y oprimidos, pocos que dilapidan los recursos y millones que carecen de lo indispensable).
En la Sagrada Escritura encontramos que el ideal de Dios es una sociedad igualitaria. El Señor nos ha regalado talentos que debemos trabajar y hacerlos producir, para servicio de todos.
Ese es el dilema: o servimos a Dios, con lo que significa (responsabilidad, fraternidad, solidaridad, justicia, trabajo, libertad) o adoramos al dios dinero, con lo que representa (marginación, hambre, guerras, muertes, injusticias, despojo, opresiones y hasta crímenes).
El profeta Amós es conocido por su denuncia contra los ambiciosos y lo que les espera: “A ustedes me dirijo, explotadores del pobre… ustedes juegan con la vida del pobre y del miserable tan sólo por algún dinero… pero no, el Señor jura, por su Tierra Santa, que jamás ha de olvidar lo que ustedes hacen” (Amós 8, 4.6.7.).
Es tajante el Señor cuando nos expresa de forma radical: “Nadie puede servid a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero”.