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¿Comienzo del fin de un imperio?
Raúl Benoit
El autor es corresponsal internacional de Univisión
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Mis sobrinos Isabela, José David y Carlos Enrique jugaban sin importarles el origen de los juguetes que les traje de regalo a mi regreso a Colombia, después de siete años de exilio. “Te apuesto a que son de China”, dijo una de mis hermanas.

Los compré a precios módicos en un almacén de Miami, donde pululan productos fabricados en el exterior. Miramos la base del juguete y sí, estaba impreso: “Made in China”. Carlos Enrique comprobó que sus zapatos antideslizantes para sus prácticas de odontología, también eran chinos.

A casi nadie le importa dónde producen lo que compran, siempre y cuando sea bueno, bonito y barato; detrás de esta simple reflexión hay una significativa realidad que circunda al mundo silenciosamente: China se está convirtiendo en el nuevo imperio del siglo XXI.

Recién llegué a Estados Unidos, a comienzos de 2001, viajé a México buscando noticias para mi programa de televisión. Lo primero que constaté fue la crisis que ocasionaba el cierre de maquilas o fábricas, especialmente en la frontera, una fuente de empleo que frenaba el éxodo hacia EE.UU. Pero con la ignorancia que los caracteriza frente a la situación de sus vecinos, los productores estadounidenses prefirieron trasladar a China sus factorías porque la materia prima y la mano de obra son más baratas y allá no hay sindicatos que perturben su negocio. Esto aumentó el desempleo en Latinoamérica y por consiguiente la inmigración hacia el norte.

Los Estados Unidos, país mercantilista y mediático, parece no mirar al futuro y no se percata de que su reinado comienza a declinar. La recesión estadounidense, no admitida por el Gobierno, es una realidad enmascarada y angustiosa. Las familias pierden sus casas y los bancos no saben qué hacer con éstas. Los alimentos suben de precio exorbitantemente.

En cambio, China es el nuevo imperio comercial del mundo y su Gobierno consigue su objetivo mercadeando bien. Los chinos aprendieron las lecciones del pasado, no se meten en guerras inútiles y su única ofensiva internacional es conquistar al mundo provechosamente.

Por ejemplo, China está “colonizando” África de una manera positiva y no guerrerista. En noviembre de 2006 firmó varios acuerdos con 10 países africanos por valor de 1,900 millones de dólares en recursos naturales, infraestructuras, finanzas, tecnología y comunicación. Nada tiene que ver con petróleo. Se están “ganando” a los africanos enseñándoles a pescar y no dándoles el pescado.

Estados Unidos debió tenderle la mano a sus vecinos latinoamericanos en desarrollo social, en vez de enviarles armas y municiones prolongando guerras y estimulando focos de violencia. Aportó muy poca tecnología agrícola, no creó industrias y menos ha promovido empleo.

Por ejemplo, el TLC con Colombia fue congelado por el Congreso. Un error garrafal no aprobarlo. Los parlamentarios fundamentan su decisión en que el país suramericano no hace nada para solucionar los problemas de derechos humanos. Es cierto que “fuerzas oscuras” (según la prensa colombiana, pero léase ejército legal y grupos paramilitares) desaparecen y asesinan a sindicalistas y campesinos, pero, no aprobar el TLC perjudica a la mayoría de colombianos honestos y trabajadores.

Una vez más se comprueba que ciertos gringos no ven más allá de sus narices. Sus dirigentes demostraron que son sordos y ciegos ante lo que le sucede a Colombia, su mejor país aliado en la región. Los que están ganando con el congelamiento del TLC son los guerrilleros de las FARC.

Mientras tanto, China aumenta su interés por sus vecinos y también por los amigos lejanos como Colombia, donde ayudan en programas de educación y salud e invierten en la industria petrolera. Calladitos, sin tanta alharaca.

Hay que prepararse para el cambio que vivirá el mundo en las próximas décadas. He recomendado que inscriban a mis sobrinos en clases de Mandarín. Mi hija Michelle quiere aprenderlo, entusiasmada por una de mis compañeras de trabajo de origen chino, que le enseñó a escribir su nombre.

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