Este fin de semana se reúne en Montevideo, Uruguay, el Foro de Sao Paulo, que es el movimiento aglutinante de la izquierda latinoamericana integrada por partidos que están en el poder, como el FSLN de Nicaragua, y organizaciones que luchan por conquistarlo, como el Frente Farabundo Martí de El Salvador. En esta reunión, en la que según se ha informado se van a ponderar los avances de la izquierda latinoamericana y se trazarán planes para seguir su expansión, participará el presidente Daniel Ortega en su condición de líder de la principal fuerza izquierdista de Nicaragua, el FSLN.
Se dice que en la actualidad no cabe ya hablar de izquierda y de derecha, en el sentido ideológico y político que estos conceptos tenían en el pasado. Que ahora la división del mundo y dentro de cada país se da entre democracia y autoritarismo, entre justicia social y libre mercado, entre progresismo y neoliberalismo. Incluso la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, quien es una reconocida militante del Partido Socialista de ese país y gobierna en representación de una alianza de izquierda, prefiere que a ésta se le llame “corriente progresista”. En efecto, en un artículo publicado en el periódico El País, de España, el 4 de abril del corriente año, Bachelet calificó a la izquierda como el “nuevo progresismo”, que según ella es “continuador de una buena historia, de lucha por los tradicionales valores de libertad, igualdad, solidaridad, derechos humanos y paz”.
Pero la señora Bachelet hace una generalización incorrecta de la izquierda a la que ella llama “nuevo progresismo”. Lo cierto es que así como hay una izquierda democrática, que tiene los méritos reclamados por la presidenta de Chile, también existe la izquierda radical, extremista y antidemocrática, que convirtió “el sueño de la perfectibilidad del género humano” en las pesadillas de la Rusia estalinista, de la China maoísta y de la Kampuchea polpotiana, según lo señaló el filósofo australiano Peter Singer en una reciente mesa redonda de la revista mexicana Letras Libres. La izquierda en realidad “es un archipiélago de experiencias y de ideas con dos siglos de historia, fracturas y recomposiciones”, tal como explicó por su parte el escritor italiano Hugo Pipitone, en la misma mesa redonda. “La izquierda son muchas izquierdas… son muchas historias de familias que van definiendo sus fronteras sobre la marcha. Estas familias a veces tienen serias dificultades para aprender a convivir entre sí y otras son, incluso, fratricidas”, aseguró el eminente literato italiano, entre cuyos libros hay uno que se titula precisamente La Izquierda.
Sin embargo, la diversidad de la izquierda no niega el hecho del auge izquierdista que hay en América Latina. Así lo demuestra la existencia de gobiernos de izquierda en muchos países de la región, independientemente de que entre ellos mismos hayan muchas diferencias. O sea que tan de izquierda es el gobierno de la moderada y culta presidenta socialista chilena, Michelle Bachelet, como también es de izquierda el régimen del rústico dictador venezolano Hugo Chávez, o el de Daniel Ortega en Nicaragua. Y de izquierda es también la tiranía totalitaria que todavía existe en Cuba comunista.
En cierto modo es positivo que la izquierda esté gobernando en América Latina. Así podrá demostrar si es verdad que quiere y que puede resolver los grandes y graves problemas económicos y sociales que sufren los pueblos latinoamericanos, tal como lo ha prometido siempre en su retórica y su crítica implacable al libre comercio y la democracia tradicional. Lo malo es que a cambio de esa experiencia y del desengaño de la población ante el desvanecimiento de los cantos de sirena de la izquierda, en algunos países se puede pagar y de hecho se está pagando un precio muy elevado. Nos referimos al deterioro de la democracia, a la pérdida o restricciones de la libertad, a la ruina de la economía nacional y al mayor empobrecimiento del pueblo, al que supuestamente la izquierda llega al poder para redimir.
Y en este sentido es insólito el caso de Nicaragua, donde la izquierda sandinista ya había gobernado causando irreparables daños morales y materiales, y ahora está gobernando otra vez gracias al voto minoritario y provocando graves perjuicios a la democracia, a la libertad, a la economía nacional y a la situación económica y social de la población.