Desde la policía “piricuaca” que rafagueó al jovencito Jean Paul Genie en la carretera a Masaya, hasta la jefatura serena respetuosa y humanista que ahora ejerce esa digna dama llamada Aminta, ha transcurrido un largo estadio de superación, profesionalismo y servicio a la sociedad.
Contra toda tradición, la Policía Nacional evolucionó saludablemente hacia la forma como ahora la conocemos, porque sus jefes superiores, todos o casi todos profesionales, con responsabilidad histórica fueron modelando una nueva institución, civilista y comprometida con la seguridad de la población. Fue un proceso ínsito, es decir, generado en la mente colectiva del propio cuerpo colegiado.
En la Magna Grecia la palabra “politeia”, deriva de polis (ciudad), condensaba el concepto de localidad donde se nace y se vive, con un conjunto de obligaciones ciudadanas, morales y religiosas en que se sustenta el civismo y los altos deberes con la patria cuando había que defenderla de sus enemigos internos y externos. En Nicaragua ha sido tradición utilizar la policía para proteger los intereses políticos de los partidos y garantizarle a los gobernantes, algo así como una “patente de corso” para hacer lo que les venga en ganas: violaciones a la Constitución y a las leyes, imposición por medio del chantaje y el temor, enriquecimiento ilícito usando los recursos del Estado y la impunidad vitalicia por los delitos cometidos contra las personas y los intereses de los nicaragüenses.
El código inmoral de la conciencia de los políticos corruptos, está bien evaluado por una legislación concebida para ejercer la delincuencia política. Como en la antigua polis griega, la Policía Nacional ha trabajado con la sociedad en busca de soluciones para los jóvenes descarriados y conducirlos a una vida constructiva. Sus programas de recuperación ciudadana han dado plausibles resultados. Con escasos recursos y mucha voluntad de servicio, la Policía persigue las drogas y el crimen organizado con el riesgo de sus propias vidas, sin recibir recompensa alguna; como podría ser la inversión en el mejoramiento de las instalaciones policiales de los dólares que periódicamente y con graves riesgos los agentes del orden capturan a los narcotraficantes.
Son millones de dólares los que la Policía antidrogas ha capturado a los narcos. ¿Dónde están esos dólares? Deben estar donde están o estuvieron los novecientos nueve mil dólares que desaparecieron en las honorables manos que manejan la honorable justicia de este país. La Policía como parte integrada de la sociedad civil, se identifica con ella. Con su labor abnegada se ha ganado el respeto y la confianza de la sociedad, que espera mayores logros en la lucha contra la delincuencia, que crece como hongos venenosos en todo el país, no obstante los cambios sociales que ha logrado la Policía con labor tesonera en ciertos sectores marginados de la población.
Encima de esos logros, como una promesa inspiradora, doña Aminta Granera imprimió su personalidad firme y serena, justa y comprometida con las obligaciones del cargo que desempeña. Su estilo de ejercer su autoridad le ha ganado el cariño, la admiración y el respeto de la ciudadanía.
Ejerce su autoridad con atemperada rectitud e intenciones sinceras. Como todo lo que se ha avanzado en el camino cuesta arriba en la búsqueda de la democracia y la justicia , la Policía Nacional también está amenazada de volver hacia atrás.
La acecha la ambición por el poder absoluto, se trabaja para debilitar su prestigio ante la población, para politizarla y convertirla en una organización obsecuente, divorciada de la sociedad y en pugna con ella.
Otra vez la sociedad debe aprestarse con valor y decisión a no dejarse arrebatar lo que tantas vidas y daños ha costado al pueblo de Nicaragua.