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La maldición de Frankenstein
Francisco Javier Gutiérrez
El autor es Ecologista
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Mientras la utopía languidece encarcelada en Cuba, donde las cosas empiezan a cambiar para proseguir siendo las mismas, surge curiosamente en Latinoamérica una izquierda de dudosa reputación encabezada por algunos presidentes, que por su estupidez ideológica y vanagloria personal hubieran hecho palidecer de vergüenza a figuras como José Stalin o al propio Mao Tse Tung en persona.

El socialismo del siglo XXI se parece a Frankenstein, un monstruo ideológico atroz, una figura que exhibe bajo sus grotescas puntadas parches de lo más salvaje del capitalismo con lo más retrógrado del socialismo, para a su torpe paso atropellar la democracia, multiplicar la pobreza, la corrupción y la falta de libertad.

Hay presidentes tontos como Evo, mediocres como Correa, insoportables como Chávez y después está Daniel Ortega. En el escaparate de la pasada Cumbre del Sur vimos a Uribe frente al gimoteo de Correa, la actitud pandillera de Ortega y el paroxismo de Chávez. Ninguno pudo contrarrestar el peso de sus argumentos: la soberanía, explicó Uribe, debe incluir al pueblo no sólo un pedazo de suelo y la seguridad de la población debe ser un valor de la democracia.

Nadie destacó en la Cumbre que Ortega, embebido de su idiotez política filmada en su sonrisa final, mencionó haber entregado la orden Sandino al propio Marulanda. Sandino junto a Carlos Fonseca y todos los mártires en el cielo se volvieron a morir de la vergüenza al saber la noticia.

Mercedes Benz, Hummer, Gucci, Louis Vuitton y Dolce Gabana, son algunas marcas que estos revolucionarios usan en su sacrificada lucha contra la pobreza, la oligarquía y el imperio. Inmunes a los buenos ejemplos atacaron el sistema democrático español ignorando que Zapatero ha mostrado para alivio y esperanza del mundo que es posible gobernar respetando la libertad y los valores democráticos.

Nicolas Sarkozy, el presidente francés que por su estatura y talante se asemeja mucho a Napoleón, no es socialista, pero también ha dado un buen ejemplo no sólo de humanidad sino de buen gusto, al casarse con la súper modelo Carla Bruni. Sarkozy triunfó donde antes fallaron Mick Jagger y Erick Clapton.

La belleza italo-francesa es además opulenta y talentosa, yo a riesgo de que el Gobierno de Nicaragua me tilde de traidor o como se ha puesto de moda me acuse en los tribunales por injurias y calumnias, me atrevería afirmar con justa envidia, que la Primera Dama francesa luce un poquito mejor que la nicaragüense, aun y cuando la Bruni no va por ahí cargando su aire acondicionado o el agua Perrier.

Fuera de Nicaragua es más fácil entender por qué los pueblos cansados de la estafa de la derecha cayeron en la trampa y las mentiras de esta izquierda. Pero en nuestro caso cómo pudo pasarnos de nuevo, ¿Alzheimer político? ¿Síndrome amnésico-masoquista? O a más de un siglo de distancia Nietzsche, con su endiablada puntería, hace blanco sobre el 38 por ciento que votó por Ortega: “La única fuerza de voluntad de los débiles es el fanatismo”.

Más allá de todas las mentiras la gente termina creyendo lo que ve. Cuando en los setenta se estrenaron en todo el mundo Tiburón y El exorcista, las iglesias estaban repletas y las playas vacías. Por eso el país está lleno de rótulos y como Judas besan la mejilla del Cardenal. Jamás tuvo Goebbels tan buenos seguidores.

Esos rótulos afrentan la dignidad e insultan la inteligencia de la gran mayoría del pueblo que no eligió a Ortega y que hoy crece por los miles que razonablemente están arrepentidos de haberlo hecho. Además nos cuesta el dinero que no tenemos para la luz, el bus y los frijoles e ingresa descaradamente en la insaciable registradora de los Ortega-Murillo.

Sin gestas heroicas, sin brillos intelectuales, sin valores morales, Daniel Ortega se parece mucho al ex campeón Ricardo Mayorga, no sólo por tener expedientes judiciales similares sino también porque ambos han logrado hacer dinero e imponerse en sus respectivas carreras con una notable y agresiva mediocridad.

No importa el grado de putrefacción en las cúpulas políticas y el tenebroso aspecto de las instituciones del país, donde por su tamaño y repulsión sobresale la Corte Suprema de Justicia, una verruga que ni las ratas de mi vecindario se atreverían a morder aunque son del tipo ninja-canguro, completamente espeluznantes, una de ellas le arrebató la comida a un pitbull y el perro del susto pasó temblando media hora hasta que le dieron tafil. El pueblo tarde o temprano terminará extirpándolas, porque hace mucho tiempo que perdió el miedo y la costumbre de sufrir con los dientes apretados.

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