Dios hizo el universo con una precisión matemática. Esa precisión con la que Él trabajó para crear el mundo es producto de “el orden” y una de las pruebas de la existencia de Dios, es precisamente el orden que reina en el mundo.
Pero, ¿qué es el orden? El diccionario Larousse lo define como “disposición concertada y armoniosa de las cosas”. La palabra “armonía” es la clave del orden. Sin orden no hay armonía y sin armonía no hay orden. Las mismas actividades que realizan los hombres en la tierra para que haya progreso, evolución y desarrollo, necesitan ser llevadas a cabo en el más estricto orden, para alcanzar los buenos objetivos colectivos que se persiguen.
¿Qué es por ejemplo la disciplina, la responsabilidad, la eficiencia, la seriedad, la puntualidad, la limpieza u otras cualidades que enaltecen al hombre y le permiten obtener un óptimo rendimiento en su vida? Pues tales virtudes no son más que los factores integrantes e indispensables del orden, que se requieren para progresar, destacar y triunfar, como personas o como nación, como simples ciudadanos o como políticos.
Singapur era un país desordenado, sucio, de mal aspecto, pero sus visionarios gobiernos se propusieron hace algunas décadas, cambiar radicalmente ese estado deplorable de cosas y ahora Singapur es un verdadero ejemplo de limpieza en los países del Lejano Oriente y este pequeño país está a la vanguardia en la belleza, la educación, el desarrollo y la prosperidad mundial.
La democracia, un invento humano de la Grecia clásica, de hace unos 25 siglos, por definición y etimología es “el gobierno del pueblo”, pero analicemos lo siguiente:
1. Los políticos, por ejemplo, si descuidan la mira de este objetivo fundamental de la democracia y proceden abierta y descaradamente sólo en busca de intereses personales mezquinos o partidarios, incurren en el “desorden”, puesto que la democracia no se inventó para los depredadores, sino que la palabra establece claramente que es para el pueblo y no para un grupo de aprovechados y parásitos de la sociedad, que estarían provocando desigualdad e injusticia, desorden moral. Es desorden todo lo que se hace contraviniendo los proyectos que se pretenden realizar en cualquier empresa humana.
2. Si el pueblo vota honradamente en las urnas, escogiendo a determinados hombres para que rijan los destinos del país, presidentes, diputados y otros en los diferentes poderes, pero luego en la práctica gobiernan por imposición, amenazas, presiones, subterfugios o “desde abajo” individuos diferentes a los que el pueblo eligió, estos últimos incurren asimismo en “el desorden” político, económico y social, porque el pueblo no votó por eso, sino que lo hizo por la democracia y el orden. Fuera de Nicaragua, absolutamente nada de este desdichado desorden ha ocurrido en los países vecinos centroamericanos del Norte, a pesar de las cruentas y prolongadas guerras fratricidas que han sufrido, porque todos se han plegado posterior y ordenadamente a la democracia.
3. Las leyes se hicieron para cumplirlas, para guardar el orden para el beneficio de todos, pero si se violan flagrantemente sin el castigo que corresponde a los transgresores o delincuentes, ocurre automáticamente el desorden, porque la ley y el orden se establecieron para que los ciudadanos tuvieran protección, bienestar y seguridad. La impunidad –desorden— afecta gravemente a la sociedad, y por ello debe prevalecer imperiosamente el orden.
4. Hay que guardar también el orden moral, legal y ético, por lo tanto la Corte Suprema de Justicia de un país civilizado debe integrarse forzosamente con hombres probos, ejemplares, impolutos y dignos de la plena confianza popular. De otra manera imperará la corrupción y la parcialidad, desvirtuándose totalmente la excelente imagen y prestigio que debería tener tan pundonoroso poder estatal.
5. El desorden nacional acumulado —caso de Nicaragua—, conduce fatalmente al retroceso, a la ineficiencia, a serios conflictos, a la anarquía, al pandemonium y al caos, el cual sólo Dios puede ordenar, como lo hizo en la creación del universo.
Aún en plena democracia, los hombres han sufrido grandes injusticias en infinidad de formas, por el desorden político, económico, social y moral, simulado por un “desorden muy bien organizado” que implantan para su provecho los malos gobiernos: dictatoriales, autoritarios, deshonestos e incapacitados para fomentar el progreso de su nación.
El camino justo y eficiente para gobernar es el que se recorre en la forma más ordenada, ciñéndose fielmente a las leyes naturales de la política y la moral.
El orden es la primera ley del cielo.