Independientemente del enfoque capitalista o socialista que cualquier gobierno decida imprimir a su gestión, éstos deben considerar el rol del comercio en el desarrollo socioeconómico y en la sostenibilidad de los planes de inversión.
Lejos de culpar al comercio de los males que enfrentan, los gobiernos deben conocer su simbiosis con la inversión, la producción y la generación de empleos para garantizar el entorno transparente que permita a los sectores y agentes económicos trabajar con competitividad y sostenibilidad ambiental para satisfacer a los consumidores.
El precio justo surge de la limpia competencia. Cuando hay variedad de productos, distribuidores y precios, el consumidor puede decidir. Es importante distinguir entre el libre mercado que se rige por la oferta y la demanda y el libertinaje en los mercados por falta de reglamentación de la competencia.
No hay mercado perfecto, pero los gobiernos tienen la obligación de velar para que reduzcan sus imperfecciones como la cartelización, especulación y otras prácticas dañinas que en mercados tan pobres y pequeños como el nicaragüense, afectan el poder adquisitivo de los consumidores. Lejos de discursos contra el libre comercio, falta acción para fortalecer la comercialización con nuevos agentes económicos.
La correlación positiva entre el comercio y desarrollo socioeconómico es palpable a nivel de población y en los individuos por la conexión directa inversión-comercio derivada en generación de empleo que beneficia a las familias de diferentes estratos, cuando el obrero, el empleado o el ejecutivo llevan a su casa salarios de acuerdo con sus aptitudes y desempeño. Igualmente los consumidores, salen ganando con el abastecimiento y precios que se acomodan al gusto y necesidad de cada quien.
Cuando existe libertad de comercio en un marco de competencia leal, se incentiva la creatividad emprendedora de la gente a nivel de las mipymes y grandes empresas. Por lo tanto lejos de atacarlo, éste debe ser utilizado como detonador de la inversión privada desde una pulpería hasta otra gama de negocios que acerquen los productos y servicios al consumidor. Sin el comercio, la agricultura, la industria y los servicios no tienen sentido.
Los gobierno deben tener al comercio como su mejor aliado, tomando en cuenta que en un mundo globalizado y cada vez más competitivo de donde, países pobres como Nicaragua, no pueden excluirse so pena de autoaislarse financiera y comercialmente, especialmente cuando se enfrenta la crisis petrolera y la disminución de la cooperación, se ven obligados a duplicar o triplicar su producción para vender mas.
El comercio es un medio, no un fin en sí mismo. Muchos países lo han empuñado como herramienta para financiar su desarrollo independientemente de sus sistemas económicos. Es el caso del capitalismo americano, la economía social de mercado europea, el socialismo chileno, y hasta la República Popular China, que ha logrado sacar de la pobreza a millones de millones de gente.
Tratar de encontrarle salida a la crisis del petróleo o el encarecimiento de los productos agrícolas, interviniendo entre la oferta y la demanda, lejos de resolver empeorará el problema. La crisis mundial de los productos básicos no surge del libre comercio, sino del cartel OPEP y los subsidios europeos y americanos. Esos temas deben exigirse en la OMC porque no es con discursos que se arreglan. Tampoco es responsabilidad del comercio la incapacidad gubernamental para velar por la equidad fiscal y una justa distribución de los ingresos.
Tratar de sustituir a los agentes privados con instituciones gubernamentales para incidir en la reducción de precios afectará a los productores (quienes también son inversionistas), y por consiguiente desincentivará la producción. El momento está para aprovechar los altos precios expandiendo la oferta para responder a la demanda nacional y extranjera, pero vinculando los precios externos con los internos.
Un gobierno que se queja en un país eminentemente agrícola del alza de los precios internacionales debe estar bastante confundido o sin la capacidad de actuar en un momento decisivo para el despegue del agro y volver apuntalarse como el granero de Centroamérica y el Caribe; resolver la situación de más de 500 mil pequeños productores que han vivido bajo la piedra; garantizar el gallo pinto al pueblo y asegurar la entrada de divisas limpias al país que se están necesitando.