De nuevo el presidente Ortega falsea la historia e insulta. Hace pocos días, en uno de sus discursos, aseveró que los gobiernos anteriores “se robaron el ferrocarril”.
En primer lugar, debería ser más preciso. Fue el gobierno de doña Violeta al que le tocó cerrar el ferrocarril al enfrentar el desastre nacional que dejó Ortega tras su paso por el poder en los años ochenta.
Se le olvida al mandatario que lo que había en 1979 fue un ferrocarril que un asesor búlgaro traído por su gobierno dijo que lo que había encontrado parecía “una obra de museo, un ferrocarril de hace cien años”.
Se le olvida que el huracán Aleta en 1982 destruyó catorce puentes de la línea férrea entre León y Corinto, inutilizando desde entonces ese crucial tramo.
Se le olvida que poco después ordenó que se levantaran los rieles entre León y Corinto, debido a que él, con ayuda “del hermano pueblo de Cuba”, iba a poner nuevos rieles de “vía ancha”, y nunca puso ni un metro.
Se le olvida también que su gobierno en los 80 buscó dos veces financiamiento en el BCIE para reconstruir el ferrocarril, y nunca pudo conseguir un centavo para ese fin.
Y pareciera desconocer que los ferrocarriles han desaparecido en todos aquellos sitios donde las distancias son cortas y los volúmenes de carga bajos, reemplazados por carreteras, camiones y buses, como sucedió en el Atlántico de Costa Rica, en el norte de Honduras, en grandes zonas de México, etc.
Al gobierno de doña Violeta le tocó reconstruir el país con decisiones responsables que Ortega nunca tuvo capacidad de tomar: terminar con la guerra, acabar con el Servicio Militar Obligatorio, terminar con la hiperinflación, poner fin a la censura de medios, terminar con el bloqueo norteamericano, y sentar las bases de la democracia y la modernidad económica.
En aquellos años el ferrocarril no cubría ni la cuarta parte de sus costos operativos, y sólo podía subsistir con préstamos de emergencia que mes a mes le otorgaba el Ministerio de Finanzas, y que nunca podía pagar.
Como integrante de dicho gobierno me pareció correcto enterrar el cadáver insepulto de una empresa ferrocarrilera anciana y quebrada, y destinar esos fondos a más educación, más salud y más caminos de penetración.
Con decisiones necesarias como ésa, se logró erradicar la hiperinflación y reducir a la mitad la inmensa deuda externa que Ortega le clavó en la espalda al pueblo trabajador.
De la venta de los pocos bienes que le quedaban al ferrocarril, salió el dinero para indemnizar a los trabajadores, pagar las deudas al Ministerio de Finanzas, al INSS y al comercio, y el sobrante fue entregado al Estado, todo correctamente auditado por “Sarria Vargas y Asociados”, contratados con la aprobación de la Contraloría.
Nadie se robó el ferrocarril. Al gobierno de doña Violeta le tocó enterrar lo que Ortega había dejado morir. Ya antes habían muerto las lanchas de vela a San Francisco del Carnicero, los teléfonos de manigueta, y los cañones de bolas de hierro.
Si Daniel Ortega conoció de algún robo cuando el ferrocarril cerró, pero nunca lo denunció ante autoridad competente, se expone a ser acusado por encubridor. Y si acusa sin fundamento, bien podría serlo por difamador. Hay jueces que por menos de eso condenan a cualquiera.
El presidente Ortega debe recordar que si hoy exportamos más de mil millones y no hay colas en los supermercados, no es mérito suyo, sino del trabajo de los últimos tres gobiernos que, con sus defectos y errores, hicieron progresar al país y recuperarse de los inmensos daños que su gobierno le causó en los años ochenta, la década perdida.
Finalmente, si el presidente Ortega considera que insultando va a unir al país, está equivocado. Nicaragua no es una hacienda chontaleña del siglo XIX, como creía Somoza, y como parece creer ahora Ortega. Somos un país libre desde que abrazamos la democracia el 25 de febrero de 1990, precisamente el día en que Ortega perdió el poder dictatorial. Ahora no es más que Presidente por cinco años, sometido a una Constitución que debe respetar, con un respaldo ciudadano cada vez más reducido y una escasa popularidad que da lástima, a la par de Bush.
El Presidente debe caer en la cuenta que el pasado ya lo perdió en 1990. Sólo le quedan tres años y medio para corregir sus políticas de los ochenta, y trabajar en dejar esta vez un legado positivo.
El presidente Ortega tiene la gran oportunidad de aprovechar los altos precios de nuestra producción agropecuaria, los amplios recursos para generar energía renovable, los atractivos naturales que tenemos para el turismo y la destreza de la mano de obra cuando trabaja en libertad.
Manos pues a la obra, en unidad y reconciliación, sin dividir, sin insultar, ni mentir.