El presidente Daniel Ortega Saavedra cada día luce incapaz para gobernar como un gran estadista. Ese es el costo que pagamos los nicaragüenses, incluyendo a los sandinistas que no son de la cúpula gobernante y sus allegados. Las promesas del perpetuo secretario general del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) han sido más golpes de imagen publicitaria que respuesta a las necesidades concretas de la población.
Ortega se muestra como un ególatra, totalitario y oligarca. Este último término que él y su séquito han utilizado para “ofender” a la derecha o empresarios que no son sandinistas, ahora los incluye a ellos, los acaudalados de Nicaragua que hablan mal del capitalismo y disfrutan de las mieles del mismo.
Mientras su ego se ve reflejado en la cantidad de vallas publicitarias en la capital, la economía del país en términos generales sufre serios estragos. La inversión nacional y extranjera mantiene en reserva varios proyectos porque no quieren arriesgar sus capitales ni sus bienes inmuebles, sobre todo con un sistema judicial corrupto al servicio del gobernante FSLN, que en cualquier momento puede arrebatar en los tribunales civiles determinada propiedad.
A eso se le suman los atropellos contra los periodistas y medios independientes que critican los desaciertos del gobierno de Ortega, el manoseo a los principios constitucionales que fortalecen el ejercicio democrático en Nicaragua, la impunidad para quienes roban, matan y violentan los derechos individuales de las personas, entre otras cosas.
Ortega, quien pregonaba la paz y reconciliación en su campaña electoral, ahora se presenta sediento de poder y con un espíritu despótico que con el poder de las armas, la cárcel y los tribunales, pretende someter a la población.
No es un ejemplo de un gobernante que actúa apegado a la ley sino que retuerce la misma para beneficio partidario. Ortega menosprecia a quienes dirigen las instituciones del Estado que no son sandinistas, sólo los ex policías, es seguridad del Estado, ex militares o ex miembros del régimen militar de los años ochenta cumplen con sus caprichos políticos.
Este Gobierno sigue enfrentando problemas con la energía eléctrica, a la vez amenaza a determinados empresarios privados, la inseguridad ciudadana mantiene en vilo todos los días a la población y ahora la huelga de los transportistas se suma como uno de los escollos que reflejan la incapacidad de Ortega para gobernar.
Ortega no sólo ha atropellado a sus adversarios políticos en este casi año y medio, sino también a fervientes militantes sandinistas, colaboradores o simpatizantes del partido gobernante, a quienes ha expulsado de las instituciones del Estado donde trabajaban por sus méritos profesionales. ¿Qué más se puede esperar de un gobernante como él, cuando con frecuencia se inyecta del discurso enfermizo de Hugo Chávez?
Ortega, que parece no brillar con luz propia, ofende a quien sea después que escucha a Chávez hacer lo mismo contra los venezolanos, Estados Unidos, Colombia o cualquier gobierno que no sea Cuba, Bolivia, Ecuador o Irán.
La desaciertos de Ortega cada día fortalecen a los nicaragüenses que luchan contra una familia dictadora. Eso debe materializarse con la unión de los que queremos vivir en democracia y no bajo la bota opresora de un político trasnochado.