Las relaciones exteriores de un Estado se definen en función de los intereses vitales del mismo, para lo cual se establecen estrategias cuya expresión básica son las acciones diplomáticas. Nicolás Maquiavelo sostuvo que la diplomacia es para aplicarse a los enemigos, no a los amigos… (¿Para qué me sirve ser diplomático con un amigo?... si es mi amigo.)
La estrategia hacia el exterior es un todo “amplio, múltiple y unitario, a la vez que conforma políticas exteriores sectoriales y regionales”. La política exterior de un Estado además depende, básicamente, de dos factores: 1) Las necesidades y estímulos internos del Estado, como la supervivencia, el desarrollo socio-económico, etc. 2) Los estímulos y desafíos que provienen del sistema internacional. Ambos factores condicionan la política exterior, en la medida y en la forma como sean percibidos e interpretados por las personas que tienen la función de seleccionar y jerarquizar los fines del Estado, o sea los encargados de la toma de decisiones.
El fin supremo de nuestra política exterior es garantizar la soberanía territorial, y la paz social como condición necesaria para obtener los mayores beneficios posibles de la cooperación para el desarrollo. En ese sentido los fines del Estado, a su vez, están condicionados por el potencial del Estado, que tiene elementos tangibles (e.g. territorio, población, recursos naturales, recursos militares) e intangibles (e.g. nivel técnico y educacional, homogeneidad nacional), etc.
En la Nicaragua actual hay una centralización en la toma de decisiones a todos los niveles, particularmente grave en el terreno de las relaciones internacionales pues incluye los diferendos actuales que se dilucidan en la Corte Internacional de Justicia de La Haya.
La política exterior actual prioriza el enfrentamiento (¿?) retórico con Estados Unidos de América, la Unión Europea y con todo sistema que demuestre que la ecuación libertad-democracia-libre mercado ha sido exitosa. Pareciera que el gran objetivo del actual titular del poder ejecutivo es enseñarnos que el modelo a imitar es el venezolano y, ahora detrás de éste, el cubano y, en el peor de los casos para nosotros el nuevo modelo mal denominado “comunismo de mercado” que impera en la China comunista. He allí el afán de convertir nuevamente al Estado en empresario y tras bambalinas los intereses económicos, empresariales, financieros, comerciales, de la nomenclatura del socialismo del siglo XXI, popularmente conocida como sandiburguesía o sandioligarquía.
La selección y priorización de los fines que se persiguen como Estado no están diseñados en función de las necesidades de las mayorías nacionales, sino en función de los beneficios materiales del grupo dirigente. Del proyecto de perpetuación dinástico-familiar. Por ello no nos extrañemos acerca de quienes son los “Estados amigos” de este gobierno, quiénes los amigos personales e ideológicos —si se puede llamar a eso ideología— pues allí se buscan alianzas estratégicas encaminadas a romper con el sistema democrático representativo, se cuestiona el mercado libre y se aplaude, como el fin del imperialismo, la crisis financiera en Estados Unidos de América y los anuncios de próximos problemas alimentarios en el planeta, ¡como si alguna vez el totalitarismo, el comunismo o el socialismo estatista hubiesen sido panaceas de abundancia y libertad!
Mientras tanto vemos cómo en Nicaragua los pobres de Nicaragua —no los del mundo— son más pobres.
Esta es la resultante de aplicar políticas internas e internacionales equivocadas. El titular del Ejecutivo se quedó anclado en 1856 peleando contra el fantasma de Walker, mientras los nicaragüenses reclamamos más libertad, más democracia y más paz. Relaciones exteriores respetuosas, con países y pueblos incondicionalmente solidarios con nosotros. No con socios cuestionados en el sistema internacional.
La hipocresía y enorme contradicción entre el mensaje oficial de reconciliación y unidad nacional versus la agresión y la arbitrariedad institucional cotidiana, da cuenta de que la manera y los métodos de gobernar del actual administrador del Poder Ejecutivo siguen inspirados en lo peor de los sistemas totalitarios y en La Rebelión en la Granja.