El 10 de abril escuché la noticia en CNN de que en Haití había estallado una rebelión en la que mostraban imágenes de los supermercados saqueados por habitantes de la capital. Eso me trajo los tristes recuerdos del mes antes del triunfo de la revolución sandinista, cuando los supermercados y otros negocios de víveres quedaban simplemente limpios de cualquier sustento para la vida, con la diferencia de que aquel saqueo del 79 fue por motivos políticos.
Esta vez en Haití fue por el hambre, el aumento indiscriminado y sin compasión de los precios de los productos alimenticios, por la insaciable voracidad del capitalismo salvaje, pues parece que hoy en día la consigna de todos los ejecutivos que están en posiciones de mando y de poder es enriquecerse de la manera más rápida posible aunque sea a costa de la hambruna mundial.
Hoy en día leemos, por ejemplo, que uno de los ejecutivos de la entidad bancaria Goldman Sachs fue premiado con un bono de 60 millones de dólares por haberle traído a la empresa bancaria ganancias substanciosas el año pasado. Tampoco es raro escuchar sobre las ganancias trimestrales que publican las grandes compañías petroleras, de 30 billones de dólares. ¿Qué pasa cuando el famoso banco de inversiones Bear Stearns tiene que sucumbir y es rescatado por la reserva federal a costa de los impuestos del pueblo? Todos ellos fueron premiados en su momento por su labor voraz de encarecer todos los productos financieros que por ende terminan encareciendo todo lo demás, incluyendo la comida.
El punto es que ya no existe la decencia en cuanto al pensar del inversionista. Ya no es suficiente ganarse un 10, 20 ó 30 por ciento al año por su inversión. Ahora se trata de ganarse el ciento por ciento dentro del período de un año o menos, porque ganarse menos no es rentable.
Pero si uno está al otro lado de la mesa, los bancos vienen y le dicen a sus inversionistas/ahorrantes que se les tiene que bajar los intereses de sus certificados de ahorro porque en EE.UU. han bajado los intereses, lo que no tiene nada que ver con los rendimientos locales pues esas bajas en sus intereses son remedios para sus problemas creados por la crisis hipotecaria. Entonces, ¿cómo se le puede entender a los bancos locales que cobran y mantienen las mismas tasas de intereses que pagan sus tenedores de tarjetas de crédito sin bajarles el mismo porcentaje que le rebajan a los ahorrantes? Ese margen de diferencia obviamente engrosa las ganancias y por ende encarece más los productos y baja los ingresos de los que realmente ponen el dinero para que ellos lo trabajen, o sea quedarse con la porción leonina de la ganancia. Otra situación similar es la del petróleo venezolano obtenido a precio muy cómodo para ser luego vendido a precios que compiten con los otros suplidores.
No sería sorpresa del todo ver que lo que está ocurriendo en Haití se propague en muchos países de este continente, pues la voracidad de los nuevos capitalistas se la ganó al demonio de Tasmania que arrasa con todo sin misericordia, pues no se conforman con una ganancia moderada. Esta nueva filosofía depredadora parece que se aplica desde los políticos hasta los simples dueños de negocio del Oriental o Huembes pues ahora tienen que demostrar que tienen la capacidad de ser socios del Club Terraza como signo de calidad.
El problema está en que no se les viene a la mente a cualquiera de estos voraces trogloditas que encarecen todo por su implacable sed de ganancia fuera de lo racional de que como en aquellos tiempos y ahora en Haití se pueden quedar sin negocio del todo y volver a la realidad si tienen suerte todavía con vida.
Hay que moderar la ambición de enriquecimiento rápido pues al encarecer los productos entra el hambre que no conoce fronteras de ninguna clase.