En ocasiones se compara a los nicaragüenses con el Sísifo de la mitología griega, que fue condenado a empujar hacia lo alto de una montaña un peñasco que siempre rueda hacia abajo, por toda la eternidad.
También se compara la siempre penosa situación de los nicaragüenses con el suplicio de Tántalo, cuyo castigo consiste en permanecer hambriento y sediento en medio de abundante comida y agua, que se alejan de él cada vez que los intenta alcanzar. Igual que Sísifo, Tántalo también está condenado a sufrir ese suplicio para siempre.
Pero a los nicaragüenses igualmente se nos puede comparar con las Danaides, las cuarenta míticas hijas de Danao, quienes se encuentran en las profundidades del infierno tratando de llenar con agua unas vasijas sin fondo, por los siglos de los siglos.
Sísifo fue condenado a subir incesantemente el peñasco hacia lo alto de la montaña, como castigo por sus múltiples fechorías, por ejemplo la de haber violado a Anticlea, la mujer de Laertes y madre de Odiseo o Ulises, así como la de delatar al mismo Zeus cuando el travieso dios supremo del Olimpo raptó a la ninfa Egina
Por su parte Tántalo fue castigado con la pena de sufrir eternamente hambre y sed, a pesar de estar rodeado de abundante comida y agua que nunca puede alcanzar, porque cuando fue invitado a un banquete de los dioses, en el Olimpo, robó la ambrosía y el néctar —la comida y bebida de las divinidades olímpicas—, se burló de los dioses dándoles a comer carne humana y reveló a los mortales algunos secretos de Zeus.
Y las Danaides fueron condenadas a llenar con agua unos jarrones de los que siempre se escapa el agua por el fondo, porque durante la noche de su boda con sus primos los asesinaron en los mismos lechos nupciales.
Es cierto que los nicaragüenses pareciéramos estar condenados a avanzar hacia las metas de la libertad, la democracia, el desarrollo económico y el progreso social, pero cuando ya hemos avanzado algo, por una u otra razón volvemos irremediablemente hacia atrás. ¿Acaso no fue eso lo que sucedió después de la Independencia Nacional de 1821, de la Guerra Nacional de 1857-58 y los treinta años posteriores de paz y progreso, de la Revolución Liberal de 1893, de la paz de 1933, de la revolución sandinista de 1979 y la revolución democrática-electoral de 1990? ¿Y acaso no estamos ahora, otra vez, perdiendo todo lo que se había logrado y avanzado en los últimos años, retrocediendo como Sísifo con su peñasco que siempre rueda hacia abajo después de haberlo subido con mucho esfuerzo?
Ahora se habla de una posible escasez de alimentos y, por lo tanto, de la amenaza de la hambruna. ¿Pero cómo es posible que haya escasez de granos básicos en un país cuya cultura económica es fundamentalmente agrícola, que tiene enormes cantidades de tierras feraces sin cultivar y centenares de miles de personas en el campo con ganas de trabajar y producir aunque sea su propia comida? Tener tanta tierra para producir los alimentos y por todas partes agua en abundancia, pero sufrir hambre y sed, equivale ni más ni menos que al suplicio de Tántalo.
Y tener que luchar por la libertad que conquistamos y perdemos cada vez, nos pone en la misma condición de las desgraciadas Danaides, que en algún lugar del infierno siguen tratando de llenar con agua las vasijas sin fondo.