El ex obispo católico Fernando Lugo, al frente de la Alianza Patriótica para el Cambio (APC), fue electo, el domingo 20 de abril, Presidente de Paraguay. Ganó, en elecciones libres, con el 41 por ciento de los votos y pondrá fin a 61 años de gobiernos colorados, lo que lo hace doblemente bienvenido. En esas seis décadas de hegemonía del Partido Colorado se incluyen los 35 años de la dictadura de Alfredo Stroessner.
Lugo asumirá el próximo 15 de agosto, si antes no se va el actual presidente Nicanor Duarte, sin duda el gran derrotado. Este cambio genera movimiento, temblores y anuncia turbulencias. Y no sólo en Paraguay, sino en la región. Quizás sean mayores que las que se esperan y se sospechan. Lo de Lugo va a dar qué hablar.
El electo presidente ha sido contabilizado por observadores y analistas como un nuevo miembro para eje de gobiernos “progresistas” latinoamericanos. Los titulares de esos gobiernos se apresuraron a saludar al camarada. No tan apurado Lula y ya veremos por qué. Chávez, ¿cuándo no?, lo reconoció como miembro del clan y dijo que venía a aportar lo que le faltaba al grupo: “un cura”.
El ex obispo, que nunca se declaró muy chavista ni recibió en las instancias preelectorales el apoyo verborrágico del venezolano —que para algunos ha sido el “ beso de judas”— se autoubicó en el “centro izquierda” y puso como modelo al gobierno del uruguayo Tabaré Vázquez, que también llegó al poder al frente de una amplia coalición de partidos y grupos políticos.
Contrariamente a lo de otros países, los temas de campaña no fueron los viejos eslóganes antiimperialistas. Fueron tres más urgentes y reales: alta pobreza (más del 40 por ciento de la población), corrupción, con porcentajes desbordantes y las relaciones con Brasil (en particular el precio que este país paga por la energía que genera Itaipú).
Y con Brasil no se agota ahí. Cuando los paraguayos hablan de imperialismo, generalmente no se refieren a los tradicionales del norte, sino más bien al del costado. Sin duda el tema más urgente y más sensible es el del acuerdo de Itaipú. Esta central hidroeléctrica cubre el 95 por ciento de las necesidades paraguayas, las que se atienden con sólo el cinco por ciento de su generación, por lo que hay un sobrante inmenso que obligatoriamente se vende a Brasil a un precio de costo, o muy cercano, y no al del mercado, el que según los paraguayos por lo menos quintuplica al que hoy reciben. Para Brasil, al que la central le cubre el 20 por ciento de sus necesidades, el tema es muy serio.
Lula saludó el cambio y el triunfo de la democracia en Paraguay y felicitó a Lugo, pero casi simultáneamente dijo que el acuerdo de Itaipú, que vence en el 2023, y que fue firmado hace 35 años por los dictadores Stroessner y Emilio Garrastazu Médice, no se modifica. Es cierto también que al tiempo que muchas voces repetían en Brasil que el precio era justo, desde el Gobierno no se descartaba la posibilidad de conversar.
El Presidente de Bolivia, Gonzalo Sánchez de Losada (2002-2003), cayó cuando intentó modificar el precio del gas que vendían a Brasil. A Evo Morales, quien fue instrumento para la caída de aquél, le ha ido mejor. Con Chávez de ladero pudo negociar y achicar en algo la hegemonía brasileña en el sector; consiguió mejor precio pero las “ prioridades” son para el gran vecino, incluso en desmedro del otro gran vecino: Kirchner que necesita el gas no pudo lograr nada.
Los brasileños son duros para negociar y nada generosos, pero seguramente deberán optar: subir el precio y así garantizarse el uso exclusivo de lo que le sobra a Paraguay. Internamente no es lo mejor para Lula, pero vale mucho en el plano regional, donde la algo disimulada puja por el liderato con Chávez se enfrenta a una nueva batalla.
Paraguay es zona de influencia de Brasil: esto es lo que entienden los brasileños y es aceptado por muchos analistas, pero eso es difícil que frene la incontinencia de Chávez, a quien en los hechos los brasileños mantienen sin permitirle la entrada definitiva al Mercosur. Los roces en el “eje” se van a sentir. Problemas del crecimiento.
Lugo tendrá que manejarse con sumo cuidado y prudencia. Lo mismo tendrá que hacer internamente, lo que no es chico tema. Su coalición (APC) no es igual al Frente Amplio uruguayo. Este fue fundado hace 37 años y está integrado sólo por grupos y partidos de izquierda. La APC se formó ante la instancia electoral hace ocho meses y sus integrantes van desde la derecha y centro derecha, donde se ubica el vicepresidente electo Federico Franco, a la extrema izquierda. Desde admiradores de Aznar a seguidores de Chávez.
El ex obispo, suspendido “a divinis” en el 2007, tiene pendiente, además, ese problema con Dios. Se supone que este caso lo encarara a través del Papa, y que logrará una salida menos peleada que con aquellos otros.