Tan unidas,
solidarias en todo,
cómplices en sus arrebatos,
celosas en sus conquistas
lamiéndose siempre sus heridas.
¿Tendrían secretos?
Donde iba una estaba la otra.
La primera flotó
entre mis redes
en la vuelta de un verano manso.
Eso me cerraba las puertas.
Imposible acercarme a la otra.
Intentarlo, ¿sería un suicidio?
Jugué a la suerte
y me entregó su estrella refulgente.
Al encontrarlas cuchicheando,
riendo sin malicias,
dispensándome el mejor de los tratos,
me quedé paralizado, sorprendido.
Todavía cuando las encuentro,
la una soldada a la otra, me interrogo,
¿ocurrió así porque ellas lo planearon
o no es tan cierto que las mujeres
por muy amigas que sean
no se lo cuentan todo
guardando para sí
la conquista de un hombre?
No lo sé.
Todavía naufrago en el desconcierto.