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Contagiado de la malaria de la desdicha luchó contra el girasol de sombras y fantasmas del pasado abrazado a la cama de concreto. Su mundo había desaparecido en los energúmenos y avasallantes submundos de la hermética realidad personal, en donde el sexo, poder y corrupción, habían dejado de ser una debilidad o un vicio.
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