Por su trama bien hilvanada y sus personajes magistralmente delineados, Petróleo sangriento (There will be blood) demuestra que el cine estadounidense, a pesar de su énfasis reciente en la violencia, el sensacionalismo y los efectos especiales de alta tecnología, no ha perdido del todo su tradicional habilidad narrativa.
Basada en Petróleo (Oil, 1927), del autor de novelas sociales estadounidense Upton Sinclair (1878-1968), Petróleo sangriento (en España: Pozos de ambición) narra la historia de Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis), un prospecto que logra incrementar su fortuna al apoderarse de un yacimiento petrolífero aledaño a una pequeña comunidad religiosa en Little Boston, Estado de California.
El londinense Daniel Day-Lewis (hijo del poeta laureado de Inglaterra, Cecil Day-Lewis) es uno de los mejores actores del cine actual, en la misma categoría de Meryl Streep, Anthony Hopkins y Robert De Niro. Tiene un talento descomunal, presencia física y presencia estelar, aunque está lejos de ser un actor entrañable, debido a que cierta antipatía en su personalidad crea un distanciamiento entre él y su público. Pero esto le viene como un guante para su caracterización en esta película (y en muchas de sus películas anteriores).
Hombre industrioso (decide construir un oleoducto hasta el océano para ahorrarse los gastos de transporte por tren), cumplidor de sus promesas a los inversionistas y con buen ojo para catar la fibra moral de las personas (reconoce al instante la honestidad del joven que le pide 500 dólares por información acerca de un yacimiento no explotado), Plainview esconde, como lo revela la mirada inquisitiva y perturbadora de Day-Lewis, un temperamento explosivo que tiende hacia la crueldad y la demencia. El espectador siente que su relación comercial con el predicador (hermano gemelo del joven que le dio la información originalmente, ambos interpretados por Paul Dano) terminará en conflicto y que, como dice el título de la película en inglés, “habrá sangre”.
La intensidad interpretativa de Day-Lewis, ganador del Oscar este año por su trabajo en esta película, nos hace pensar en otro actor galardonado: Burt Lancaster en Elmer Gantry (Ni bendito ni maldito, 1960), basada en la novela de Sinclair Lewis (1885-1951), otro autor de novelas sociales contemporáneo de Upton Sinclair, cuyo argumento expone, como parcialmente lo hace Petróleo sangriento, las contradicciones de los cultos protestantes de Estados Unidos.
Es curioso que los dos actores premiados con el Oscar este año (Day-Lewis y el español Javier Bardem), interpreten personajes malvados. Pero el sicario de Bardem en Sin lugar para los débiles (No country for old men) es un personaje-símbolo, reflejo de la manifestación del demonio en el mundo a través de la maldad humana. La maldad de Plainview es más realista, enmarcada en coordenadas, espacios temporales que le dan su sentido al filme.
Petróleo sangriento es un estudio del american dream (el sueño estadounidense): la búsqueda del desarrollo personal a través del triunfo económico. Para muchos emigrantes pobres, este sueño suele ser una bendición. Pero para otros que logran alcanzarlo en su máxima expresión, puede ser un flagelo. A menudo se encuentran, al final de la escalera, la soledad y la desintegración de la descendencia.
Por su dimensión épica, profundidad sicológica y sentido histórico-social, Petróleo sangriento evoca dos películas basadas en novelas de Edna Ferber (1885-1968): Cimarrón (en sus dos versiones, 1931 y 1960) y Gigante (1956), que ilustran el avance de la civilización en Estados Unidos, como algo inevitable y necesario para que el ser humano pueda satisfacer sus necesidades básicas en entornos superpoblados. Pero muestran de forma descarnada el impacto devastador que puede tener ese avance irrefrenable en las personas que lo impulsan y lideran.
Cuando su deterioro moral entra en la fase crítica, Plainview exclama: “¡Tengo una competición en mí, no quiero que nadie más triunfe!” A través de sus relaciones con la comunidad religiosa la película aborda el tema de la acumulación excesiva de riquezas como obstáculo para que el ser humano pueda hacer contacto con su Creador. Y la dificultad de establecer relaciones afectivas con los seres más cercanos por el afán desmedido de lucro, es expuesta mediante el vínculo entre Plainview y su hijo adoptivo (sordo por caerse de un pozo de perforación), que se rompe definitivamente cuando aquél abandona al niño (Dillon Freasier) en un tren.
Pero no todo parece perdido en esta visión amarga del American way of jife. Como me comentó la sicóloga Ximena Barreto, el rescate de los valores se da en la figura del hijo adoptivo que abandona la fortuna contaminada del padre para buscar una vida nueva en México, y en el amor de éste por su esposa, a la que conoce desde la niñez.
Algo que inserta la película en el cine contemporáneo es la minuciosa recreación del entorno físico. En el período clásico de Hollywood (1914-1979), los pozos de petróleo aparecían en la distancia, como parte del paisaje. En este filme, la cámara se introduce en los mecanismos internos de sondeo y perforación para exponer los peligros que enfrentan los trabajadores, los cuales muchas veces encuentran la muerte en las profundidades de la tierra.
Como toda película basada en una novela larga, el filme tiende a ser episódico, aunque la descomposición moral del protagonista le sirve de hilo conductor. El director Paul Thomas Anderson (nacido en 1970; realizador de la ambiciosa e intrincada Magnolia, 1999) debió haber atenuado los excesos melodramáticos del desenlace, que empañan un poco el impacto de un filme fuera de serie en el que cada personaje encuentra a su intérprete ideal.