Mientras los gobernantes comunistas de la República Popular China se dedicaban a ametrallar monjes budistas y civiles tibetanos que piden independencia para su país, o al menos, como clama el Dalai Lama, que cese el genocidio cultural que el régimen de Beijing está cometiendo en el Tíbet, en Taiwán el pueblo ejercía uno de los actos más solemnes de la democracia como es la elección libre de los gobernantes.
En efecto, el sábado 22 de marzo corriente el pueblo taiwanés eligió en plena libertad a un nuevo Presidente y votó también acerca de una petición para que Taiwán ingrese a las Naciones Unidas (ONU). Esta ha sido sólo la cuarta elección presidencial democrática realizada en Taiwán, desde que en 1996 se puso fin al sistema político de gobierno autoritario. Pero a pesar del poco tiempo que este admirable país asiático ha vivido en democracia, la elección presidencial y la votación del plebiscito del 22 de marzo se llevaron a cabo de manera ejemplarmente limpia, confiable y pacífica, a pesar de que en esta ocasión los electores decidieron hacer el segundo cambio de partido en el poder en apenas 8 años.
Desde que se constituyó la República China de Taiwán, en 1949, hasta 1996, el país fue gobernado en forma autoritaria por el partido Kuomitang, encabezado primero por el generalísimo Chang Kai Shek y después por su hijo, Chiang Ching-kuo, pero ya en la segunda oportunidad que los taiwaneses tuvieron de elegir libremente al Presidente, o sea en el año 2000, escogieron al candidato del entonces opositor Partido Democrático Progresista (PDP). En la siguiente elección presidencial democrática, en el año 2004, los taiwaneses eligieron otra vez al representante del PDP, pero ahora le han revocado el mandato a dicho partido y han elegido al candidato del Kuomitang, que vuelve a gobernar el país sólo que esta vez por indiscutible mandato popular.
Esto que ocurre en Taiwán con una normalidad impresionante, como si el sistema democrático representativo hubiera existido siempre en ese país, es impensable siquiera que pudiera ocurrir en la República Popular China, que tiene la mayor población del mundo y asombra actualmente al mundo por su desarrollo económico capitalista en un marco político comunista, pero donde la gente no tiene ninguna libertad, ni siquiera la de expresar su pensamiento, y cualquier manifestación de disidencia e inconformidad es brutalmente reprimida. Así ocurrió, por ejemplo, con la matanza de estudiantes, intelectuales y obreros en la Plaza de Tiananmen de Beijing, en 1989, y así está ocurriendo ahora en el Tíbet y otros lugares donde las protestas cívicas son aplastadas sangrientamente por los comunistas.
Pero en las elecciones del 22 de marzo corriente, el pueblo de Taiwán no sólo decidió cambiar democráticamente el partido de gobierno. También expresó, con el voto y mediante la abstención, su voluntad sobre la propuesta de solicitar el ingreso del país a las Naciones Unidas (ONU). Sin embargo no hubo el porcentaje de votos necesario para darle validez al plebiscito, lo cual se interpreta como que la voluntad del pueblo es que se mantenga la situación actual de Taiwán en la comunidad internacional. Además, al haber elegido al candidato presidencial del Kuomitang, la mayoría de los taiwaneses le ha dado al próximo Presidente autorización para negociar mejores relaciones políticas y económicas con el Gobierno comunista de China continental. Como sea, es oportuno advertir que una consulta popular como ésta jamás sería permitida por el totalitario Partido Comunista en la República Popular China, pues perdería el poder como ocurrió en Nicaragua, en 1990, cuando los sandinistas fueron obligados a realizar elecciones libres y a reconocer sus resultados.
Por cierto que el presidente sandinista Daniel Ortega, quien recuperó el poder en enero del 2007 gracias al pacto con Arnoldo Alemán, le aseguró al Presidente de Taiwán, Chen Shui-bian, en agosto del año pasado cuando éste visitó por segunda vez Nicaragua, que apoyaría la solicitud de ingreso de Taiwán a la ONU si el plebiscito de marzo del 2008 aprobaba dicha petición. Ahora que ya se realizó el plebiscito con el resultado antes mencionado, la posición de Ortega con respecto al ingreso de Taiwán a la ONU ha perdido importancia, pero ojalá que eso no signifique debilitar y mucho menos poner fin a los vínculos de Nicaragua con ese país asiático que es ejemplarmente democrático y solidario.