Nicaragua, con 130,000 kilómetros cuadrados de extensión y apenas cinco millones de habitantes, tiene un potencial agrícola formidable que lamentablemente en los últimos treinta años no se ha sabido explotar satisfactoriamente. Las áreas de siembra no han sido bien manejadas, lo que causa que haya mucha tierra en desuso y la usada no produce rendimientos óptimos. Hemos caído en una indolencia productiva, por la cual nos vemos forzados a importar bienes tales como arroz, papas, toda clase de verduras y frutas centroamericanas y más lamentable aún, frijoles, cuando perfectamente tenemos las tierras para producirlas acá. Lo que menos nos falta es tierra y por fortuna éstas tienen las condiciones agrícolas y climáticas adecuadas.
Siempre andamos buscando mercados internacionales, pero el problema radica en que la demanda de los mercados internacionales que ya tenemos es mayor que la oferta que podemos suplirles. Por lo tanto en algunos casos los precios locales son mayores de lo que los exportadores pueden obtener internacionalmente. Por ejemplo, la carne, el azúcar y el frijol se venden al nicaragüense más caro de lo que el exportador lo obtiene en el exterior. En otras palabras, en casos como éstos el consumidor nicaragüense está subsidiando la exportación. Sin embargo, las exportaciones agrícolas son necesarias y saludables, ya que nos suplen divisas para la compra de insumos para nuestra producción, además que en la gran mayoría de los casos exportamos los excedentes después de suplir el mercado nacional.
Sin embargo hay excepciones donde exportamos lo que nos falta. El frijol, a fines del año pasado, llegó a precios prohibitivos para la ciudadanía local y nunca bajó, ni bajará, a su precio de inicio de ese año. Si no tenemos cuidado, este año volveremos a experimentar la misma situación especialmente si nos vemos forzados a cumplir con acuerdos políticos que riñen con la situación productiva y comercial. No podemos sobreexportar para después comprar el mismo producto a precios más elevados. Lo mismo con el arroz, tenemos las tierras suficientes para producirlo localmente y no continuar importándolo. Igual podemos decir de otros granos básicos, además de las verduras y frutas que actualmente importamos de Centroamérica.
¿Qué necesitamos hacer para llevar a cabo estas transformaciones agrícolas? No son simples, pero no son imposibles. 1) La responsabilidad mayor recae sobre el Gobierno Central y lo primero que tienen que hacer es asumir la obligación y estar convencidos de que dichos ajustes son altamente necesarios y que somos un país agrícola y que siempre lo seremos, al mismo tiempo obviando el discurso populista. 2) Se deberá priorizar un banco de la producción para el pequeño y mediano productor, que más que meramente financiero, sea también de ayuda técnica. 3) Se necesita mejorar las carreteras y caminos rurales que van a las zonas de mayor producción. 4) Se necesita establecer programas educativos en las áreas rurales, académicos y técnicos, ya que sin educación no hay progreso. 5) Todos estos planes deberán comenzar ya, ampliándolos a mediano y largo plazo, además de que deberán ser consensuados entre los expertos del tema y no elaborados secretamente desde un escritorio urbano. 6) Como última recomendación, estos planes de beneficio rural y nacional deberán ser llevados a cabo en programas de varios años y por lo tanto deben ser netamente técnicos y no políticos, para que futuros gobiernos, independientemente de su ideología, puedan igualmente continuarlos.